Jamás se me ocurrió pensar que tardaría quince años en ver en persona a Paul Di’Anno desde la primera vez que lo escuché, allá por 1992, cuando me compré por 995 pesetas en el Corte Inglés el primer disco de Iron Maiden en cassette. La verdad es que la cinta era de estas horribles con cuadraditos negros, la portada original en pequeñito, y las letras “Fama” en una esquina (Fama era la distribuidora de EMI en España o algo similar, si no estoy equivocado), y aunque la portada del primer disco de Iron Maiden siempre ha sido la que más me ha fascinado después de la de Killers,dianno_01.jpg su precio económico fue el único motivo que me impulsó a comprarla, porque hay que tener en cuenta que yo era un criajo de 12 años con gafas que empezaba a suspender bastantes asignaturas ya por 7º de EGB, y mi poder adquisitivo no me permitía comprarme “Live at Donington”, que acababa de salir, y era un doble CD a precio prohibitivo, o “No Prayer for the Dying”, que tenía una portada la mar de atrayente aunque años más tarde descubrí que era un disco un poco bazofia y que hice bien en no perder el sueño por no tenerlo.
Fue mi segundo acercamiento a Iron Maiden, ya que el primero había sido Powerslave, cuya cinta me había comprado unos meses antes, también por 995 pesetas, y también únicamente motivado por el precio y porque la portada tenía mucha mejor pinta ya que al menos ocupaba toda la parte frontal del papel.
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En cuanto puse la cinta en mi walkman, que tenía radio digital, dolby y autoreverse aunque su aspecto y peso era el de lo que comúnmente suele provocar en tus amigos frases tipo “ostia tío pero a dónde vas todavía con ese ladrillaco?“, y comenzó a sonar Prowler, mi idolatría por Paul Di’Anno comenzó, y afortunadamente, después de verlo en directo, no ha hecho más que afianzarse para por lo menos otros quince años más.
Aquel primer disco de Iron Maiden me pareció considerablemente diferente a Powerslave, eran los tiempos en los que un niñato gafudo no tenía acceso fácil a información sobre grupos jevis, así que di por hecho que la voz radicalmente distinta a la de Bruce Dickinson que estaba escuchando debía ser algún cantante anterior que habían tenido. Viendo los escasos títulos de crédito, decidí que ese cantante tenía que ser el tal “Di’Anno”, porque era el único nombre que no me sonaba en absoluto, me dio la impresión de que un apellido que sonaba a italiano no pegaba mucho para semejante institución que tenía pinta de ser Iron Maiden (aunque realmente se llamaba Paul Andrews), pensé que a lo mejor por eso le habían dado boleto, y me lo imaginé con pelo corto, moreno y con cinturón de balas y demás accesorios. Cuando finalmente vi una foto suya en alguna tienda de discos, resultó que había acertado en prácticamente todo! dianno_03.jpgLa verdad es que, hoy en día, ya bien pasada y olvidada la fase fanática de Iron Maiden que sufrí a los 12/13 años, sus dos primeros discos son los únicos que me puedo poner enteros en casa sin aburrirme. De hecho son los únicos que realmente me apetece escuchar de motu propio, de estos momentos que de repente dices “me voy a poner Killers!” pero te pasas media tarde buscándolo y te prometes a ti mismo que ordenarás los vinilos por orden alfabético antes de que acabe el año, pero nunca lo haces. Los dos primeros discos de Iron Maiden, casi treinta años después de haber sido grabados, suenan frescos, originales y sin queso. Heaven can Wait mis huevos. Children of the damned? Bah. The Trooper? Avísame cuando acabes. Por no hablar de los últimos discos, en los que a cada canción le sobran cuatro minutos de reiteración instrumental.
Si sumamos a eso mi especial predilección por los personajes secundarios en los grupos, o los miembros que fueron expulsados por algún motivo, o que sólo estuvieron en el grupo durante dos miaus, y mi facilidad por cogerles cariño, voila! Había nacido un nuevo ídolo para mi, Paul Di’Anno, mi miembro favorito de todos los que han pasado por Iron Maiden, y mi misión en la vida a partir de entonces iba a ser luchar para que recibiera el reconocimiento y el respeto que merecía.
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Poco a poco fui averiguando más sobre Paul Di’Anno, mientras intentaba aprender a tocar la guitarra tocando encima de Remember Tomorrow y Prodigal Son, el solo de Killers se convirtió durante unos cuantos meses en mi “solo favorito”, y así solía contarlo con orgullo a pesar de que a nadie le importaba, descubrí que Paul no parecía ser un tipo muy afortunado en el mundo de la música, que había hecho bastantes cosas desde 1981 como Battlezone, Gogmagog o Killers, aparte de una especie de aberración prefabricada (pero que a mi me encanta) hardrockera llamada Dianno en 1984, pero que nadie parecía prestar mucha atención a sus proyectos musicales, y que tenía pinta de no poder quitarse jamás en la vida el estigma de “ex-cantante de Iron Maiden“. En 1994, cuando mi pelo ya se había ganado la categoría de “melenicas”, Paul seguía adelante con su grupo Killers, editaron “Menace to Society”, dianno_05.jpgy mi mundo se estremeció. No se cuántas veces escuché ese disco en mi adolescencia, pero puedo asegurar que mis vecinos del opus acabaron hasta el pepino de canciones como “Die by the Gun”, “?” o “Advance and be Recognised”, que además sonaban onda Pantera y era de lo más brutal que había oído a mi tierna edad de 14 años. Sorprendentemente, Killers iban a actuar en Zaragoza en noviembre de 1994, un concierto que fue finalmente cancelado y que me dejó triste y cagándome en todo bicho viviente, pues su anulación se llevó la única oportunidad que iba a tener de ver a Paul Di’Anno como frontman de una banda “normal”.

Cuando Paul y Killers comenzaron a darse cuenta de que la cosa no avanzaba, de que la gente en los conciertos sólo se emocionaba cuando tocaban canciones de Iron Maiden, el grupo se fue al garete y Paul comenzó una época un tanto absurda en la que en sus conciertos cada vez tocaba más temas viejos de Iron Maiden, hasta llegar a un punto en el que el 90% o el 100% del setlist era material de los dos primeros discos de Iron Maiden. Desde entonces, mi vida ha tenido una nueva misión: defender a Paul Di’Anno a capa y espada, alegando a su favor que el público no le ha dejado avanzar, que Di’Anno ha hecho todo tipo de proyectos y estilos, generalmente de calidad alta, pero que la gente lo ha encasillado tanto que, posiblemente influenciado también por su manager Lea Hart, se ha visto obligado a hacer setlists de Iron Maiden, porque es lo que la gente conoce y lo que la gente quiere oír. No es que Paul Di’Anno haya pretendido vivir de sus años con Iron Maiden desde que abandonó el grupo, ya que durante años y años no tocó ni un sólo tema de su ex-banda, y de hecho estuvo haciendo lo impensable para tratar de desvincularse de ella y dejar de ser identificado como “el ex-cantante de Iron Maiden“. Pero al final tuvo que sucumbir, porque si ahora van 50 personas a verle porque toca canciones de Iron Maiden, antes a lo mejor iban 3 tíos y la novia de uno que se emborracha porque se aburre, y la verdad es que no veo a Paul Di’Anno haciendo una entrevista de trabajo para una copistería o una pastelería. Así que, o vive de la música tocando canciones de Iron Maiden, o se va a vivir debajo de un puente.
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El pueblo madrileño Villarejo de Salvanés (me costó casi un mes aprenderme el nombre correcto del lugar) celebraba una nueva edición del festival Villarock, y este año incluia como artistas estelares a Paul Di’Anno y Blaze Bailey (también ex-cantante de Iron Maiden), así como a Sobredosis, Abu Simbel, Nagasaki y Fabio Lione Band. Fabio Lione Band? Qué broma es esa? Fabio Lione no solía ser el cantante de Rhapsody, aquel grupo italiano que todas las portadas de sus discos incluian un dragoncico de colores variados exhalando fuego sobre algún castillo? Efectivamente, habéis leído bien, al parecer Fabio Lione tiene un proyecto paralelo que íbamos a tener que estomagar en Villarejo.
Para ser totalmente sincero, todos los grupos, incluyendo a Fabio Lione y Blaze Bailey, me daban absolutamente igual, pero la idea de ver a Paul Di’anno por fin tras todos estos años de idolatría, salir de Zaragoza, romper con la monotonía, cambiar de aires, olvidarme del curro, y todas esas frases tópicas que se suelen decir cada vez que explicas a la gente que te vas a ir el finde a otro sitio y que está guay porque te vas a olvidar de la rutina y que oye, aunque sólo sean dos días y no te de tiempo ni a aprenderte el nombre de la calle de la pensión, al menos eso que te llevas.
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Carlos y yo nos pusimos en marcha el viernes por la tarde, en lo que fue algo comparable a la odisea de Homero, sustituyendo a las sirenas por rotondas. Es absolutamente imposible llegar a Villarejo de Salvanés sin perderse y llegar a un estado de desesperación que te haga desear estar muerto y reencarnado en uno de esos lagartos asquerosos que miran hacia todas partes. O en un insecto-palo, que son todavía más repugnantes.
De una extraña forma, que sólo puede haber sido proyectada mediante magia negra o sacrificios de vírgenes, todas las carreteras llevan a un maléfico pueblo llamado Mejorada del Campo, que tiene su nombre escrito en grandes letras de piedra a la entrada al más puro estilo Hollywood pero en plan más rural y siniestro. No importa qué dirección tomes en las más de ochocientas rotondas de aspecto exactamente igual que rodean la zona, siempre acabarás en Mejorada del Campo. Un pueblo que a lo mejor era el lugar más increíble de toda la faz de la tierra, con tías que se levantan la camiseta con alegría al menor chasquido de tus dedos, pero al que cogimos un odio que dudo que superemos jamás.
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Ya bien entrada la noche, y cuando pensábamos que íbamos a tener que pasar la noche en el coche, cenando hierbajos cocidos y una bolsa de doritos que habíamos comprado en una tienda de chinos, la fortuna nos sonrió y aparecimos casi como de repente en Villarejo de Salvanés, mientras la imponente torre de su iglesia se erigía ante nosotros como riéndose ante nuestra incompetencia atravesando rotondas, que debe ser lo más común y a la orden del día por las inmediaciones de Madrid. Pero hey, si yo a veces me pierdo cuando voy a sacar dinero al cajero que hay cerca de mi casa, y acabo en un sitio raro en el que duermen unos mendigos muy amables, cómo espera alguien que me pueda orientar de noche entre mil rotondas de aspecto similar?

La pensión en la que habíamos reservado nuestras habitaciones estaba al lado de la iglesia del pueblo, y justo enfrente de un parquecillo frecuentado por milfs rusas y críos jugando. El hecho de que estuviera presidida por un enorme cartel en el que ponía simple y llanamente “CAMAS” le daba un aspecto bastante lúgubre y parecía que te ibas a encontrar a alguien muerto dentro de tu cama, bichos revoloteando alrededor de la lámpara y mugre al por mayor. Pero afortunadamente todo estaba bastante limpio, la dueña era amable, nos dijo que encontraríamos abiertos unos cuantos “discopufs”, y nos enseñó nuestras habitaciones, que eran justamente las únicas que carecían de baño propio, así que sólo teníamos un lavabo con algún que otro manchurrón dudoso. Carlos tramó un plan auténticamente rockstar que más tarde llevaría a cabo pero que no estoy seguro de que sea lo más recomendable narrarlo aquí, y aparte encontró un hueso de melocotón debajo de su cama. Me gustaría saber qué esperaba hallar allí.
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Villarejo de Salvanés es un pueblo en el que la gente no se anda con medias tintas. Nos contaron que una discoteca la habían cerrado por peleas, algún acontecimiento más que ahora no recuerdo, vimos escaparates y cajeros rotos, y llegamos a la conclusión de que, como dijéramos alguna frase fuera de lugar o miráramos mal a alguien, seríamos expulsados del pueblo por una horda de campesinos con horcas, antorchas y capuchas al estilo ku-klux-klan.
Villarejo de Salvanés es también un lugar en el que el concepto de rock brilla por su ausencia durante 364 días del año, siendo el único día que el rock aparece, evidentemente, el día del festival. Al preguntar a la gente por “bares de rock” recibíamos miradas confusas, así que al final decidimos tomar unas birras en una terraza, no sin antes responder dubitativos a la pregunta del camarero “pero queréis una jarra… o una jarrita?“.
Descubrimos estupefactos que la franja de edad de los 20 a los 30 años no parece existir, y la población joven de Villarejo se reduce a tíos similares entre si y tías teenagers con pantalones de pitillo y zapatitos pequeñísimos. Si alguien está en paro o necesita trabajo o dinero o estabilidad de cualquier tipo, que no lo piense más. La solución está en montar una tienda de pantalones de pitillo en Villarejo de Salvanés. Yo ya estoy en gestiones para alquilar un local y poner mi tienda, la voy a llamar “VillarejoFashion.com”, que ya sabéis que las referencias a internet siempre dan un aire juvenil y moderno.
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El día del festival llegó repentinamente, después de una noche en la pensión durante la cual se sucedieron episodios extraños con gente pegando alaridos por los pasillos a las 4 de la mañana, y estuve a punto de salir a poner las cosas claras de una vez por todas, pero dejé que se apoderara de la situación mi personalidad paciente, ya que además llevaba un pijama bastante ridículo que no habría infundido ningún tipo de respeto.
El metal se respiraba ya desde tan tempranas horas (las doce y media), así que decidimos desayunar el pincho de tortilla más enorme que jamás me hayan servido, y pude comprobar con alegría que, en Villarejo, un café americano significa un pozal de café.
El rato que quedaba hasta la hora de comer lo invertimos en recorrer el pueblo de punta a punta, visitando todas sus maravillas. Vimos la primera mitad del pueblo con la iglesia, que estaba cerrada, un niño meando en una pared de la misma con toda felicidad, unos gitanos jugando a la petanca, una churrería que por desgracia estaba también cerrada, una plaza a la que le faltaba un poco de alegría y, cuando nos acercábamos al final del pueblo, hicimos un amiguico inesperado y vimos con él la otra mitad.
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Edu había llegado hacía escasos minutos desde Madrid para asistir al festival Villarock, y había salido pronto de casa porque, según él, habría acabado con las reservas de birra si hubiera permanecido en ella un minuto más. Nos contó con emoción que era amigo del batería de Sobredosis, que conocía a alguien de Mago de Oz, y que hacía buenas migas con el cantante de Saratoga. Cosas que, evidentemente, no despertaron una gran expectación en nosotros, ya que a mi personalmente, esos tres grupos me dejan más fríos que observar pintura mientras se seca. También nos dijo que había estado en el festival de la semana anterior viendo a Metallica, que le habían parecido una basura, y que los que realmente le habían molado eran, atención, “machine-ead”. Pronunciado así tal cual.
Con Edu descubrimos que Villarejo no es el típico pueblo anclado en el pasado y con casas viejísimas y lleno de abuelos, ya que está todo medio-restaurado, con casas muy nuevas, muy limpias y, seguramente, muy caras. Tiene pinta de ser un lugar de poder adquisitivo más o menos alto, la gente es bastante maja y un extraño componente surca sus aires, ya que tanto Carlos como yo comenzábamos a sufrir los efectos de una extraña alergia. Llegamos hasta la plaza de toros, donde ya estaba todo prácticamente montado para el festival, dejamos a Edu comiendo en un mesón típico villarejero, mientras nosotros nos íbamos a nuestro oasis particular, el “Burger El Dorado”.
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Por algún extraño motivo, siempre acabábamos comiendo/cenando allí, y comí más hamburguesas durante un día y medio que en toda mi vida. Tal vez le cogimos aprecio al sitio porque fue el que nos salvó de la inanición nada más llegar al pueblo, después de pasar tres horas dando vueltas a rotondas, o tal vez fue porque nos enamoramos irremediablemente de Cristina, que era la hija del dueño y era una especie de ángel con los talones de los pies más limpios del planeta Tierra.
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Con todos mis respetos hacia los grupos Nagasaki y Abu Simbel, que eran los que abrían el festival, nuestro interés por verlos era cuasi nulo, además el nombre Abu Simbel me recordaba a un juego de Spectrum llamado Abu Simbel Profanation al que solía jugar con mi colega Emilio en el que era absolutamente imposible dar dos pasos sin que te matara algún bicho, o sin caerte por algún agujero, y que a punto estuvo de provocar nuestro suicidio hace ya unos cuantos veranos. Así que accedí a los deseos de Carlos y fuimos al Burger El Dorado a beber birra y a ver el partido de España contra Suecia, durante el cual estuve más pendiente de la conversación que llevaban dos tipos en la mesa de al lado, en la que uno de ellos que iba de sobrao adoctrinaba poco a poco al otro sobre temas tan apasionantes como que Europe tenían discos anteriores a “The Final Countdown”, a lo que su amigo respondía excitado “síii???!?!!”. Woww!!! Menos mal que hice oreja, discos anteriores a the final countdown!! Y cómo sonarán??!?!

Una vez finalizado el partido, y de camino hacia el festival, nos reencontramos de nuevo con nuestro amigo improvisado Edu, el cual iba ya cargado de bolsas con birra y wiski, y con una guaza que hacía imposible descifrar sus palabras. Desapareció con otros amigos improvisados por unas escaleras, y ya no volvimos a saber nada de él nunca jamás.
Al llegar a la plaza de toros, el ambiente era como una regresión a 1986. Vimos pelos cardados, botas de cowboy, parches de Leño, camisetas de Panzer, y hey, qué es eso? Ángel Arias en el escenario!
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Ángel Arias, cariñosamente llamado por nosotros “el bajista de Tritón” porque, efectivamente, fue el bajista de Tritón allá por mediados de los 80, ha sido tal vez más conocido en la última década por haber sido hasta hace muy poco el bajista de Barón Rojo. Es un hombre al que tenemos mucho cariño sin conocerlo en persona, no sabemos si por su cara afable a la par que poco armoniosa, por haber tocado en un grupo llamado Tritón o por qué, pero indudablemente verlo allí fue como reencontrarnos con un viejo amigo. Al parecer Fabio Lione se había caído del cartel porque estaba malico, así que en su lugar pusieron a Atlas, una nueva banda formada por Ángel Arias y su hermano Manolo, José Martos a la batería y Ignacio Prieto a la voz. Creo que los tres primeros ya coincidieron en la especie de respuesta española a Bon Jovi llamada Niágara, y toda la sensación de regresión que comentaba antes se acentuó más si cabe con la actuación de Atlas. Desde las letras hasta la charla del cantante entre canción y canción, todo parecía estar ocurriendo hace veinte años, y casi podía imaginar volver a casa, ver Tocata en la tele, votar a Felipe González e irme a dormir escuchando a Casimiro. Todavía era de día, había buen rollito y estábamos de buen humor, así que nos gustó bastante la actuación de Atlas.
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Todo cambió cuando Sobredosis salieron a escena. Sobredosis fue un grupo que existió durante un pequeño lapso de tiempo allá por mediados de los 80, editaron dos discos, pero desaparecieron porque eran rematadamente horribles. Imaginad el más aburrido de los medios tiempos de Judas Priest, mezcladlo con la letra más genérica típica del metal español, añadidle algún que otro cliché sexual, multiplicadlo por 10, y ahí tenéis un disco de Sobredosis. Y voilá! Siguen siendo horribles! Ignoro cuáles de los miembros de la formación original están en esta especie de reencarnación, pero se que el batería es nuevo (y amigo de Edu), y que el cantante también. Este último sonaba como una especie de clon del cantante de Lujuria, pero con un tono de voz mucho más crispante.
Las canciones se sucedían una tras otra, con sugerentes títulos como “sucio embaucador”, “extrañas criaturas”, “dinero, mujeres y rock”, “bajo el fuego” o “caliente como un volcán”. Yo estaba deseando que tocaran canciones como “fuego cegador”, “político traidor”, “mónstruo feroz” o “más rock que el rock”, pero evidentemente no lo hicieron, ya que son títulos que me acabo de inventar pero que desde aquí cedo desinteresadamente a los miembros de Sobredosis por si los quieren usar. Tras un solo de guitarra bochornoso digno de adolescente probando guitarras en una tienda, un solo de batería que sonaba a cuando va tu novia a verte al local de ensayo y se pone a aporrear la batería pero nadie se atreve a decirle que está haciendo el ridículo, y una canción nueva que sonaba exactamente igual que las viejas, el ángel de la guarda del rock nos liberó de la carga de Sobredosis y bajamos de las gradas para coger segunda fila para ver a Paul Di’Anno.
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Paul ya no tiene un grupo propiamente dicho. Vive en Brasil, tiene vetada la entrada en Estados Unidos porque le pillaron con drogaína, y dependiendo de dónde actúe, utiliza una banda de acompañamiento u otra. Esta vez le tocó el turno a una banda italiana, que pensábamos que eran los roadies porque realmente eran un poco sosainas de aspecto y tenían toda la pinta. Paul debe establecer como requisito básico para estar en su banda llevar pantalones de camuflaje, porque absolutamente todos los miembros los llevaban. El único del que no estábamos seguros del todo era el batería, porque no se le veían las piernas, y pensamos que a lo mejor sí que los llevaba, pero en plan shorts y cortados por la ingle, una teoría que se nos desmoronó al terminar el concierto, ya que vimos que llevaba los mismos pantalones que los demás.
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Por algún extraño motivo no siento ninguna emoción al ver a cuatro italianos tocar “The Ides of March” como intro al concierto. Mientras el resto de la gente se hiperexcitaba, yo estaba deseando que apareciera Paul en el escenario y tocaran una canción normal. Tampoco es que me haga muy feliz que el concierto se base en un 99% en canciones de Iron Maiden, porque como he comentado antes, Paul tiene un amplio catálogo del cual rescatar cosas, pero supongo que formo parte de una minoría y ya estaba resignado a que el concierto iba a ser así. Por suerte estaba equivocado. Muy ligeramente equivocado, pero equivocado al fin y al cabo.

Salió a escena Paul Di’Anno, con los imprescindibles pantalones de camuflaje, y en medio de una ovación comenzó a cantar los temas clásicos de Iron Maiden. Prowler, Wrathchild, Remember Tomorrow (dedicada especialmente a Clive Burr, ex-batería de Iron Maiden y hoy en día bastante jodido con esclerosis múltiple), Murders in the Rue Morgue… Estaba aparentemente de muy buen humor, sacando la lenga y el dedito a cualquiera que se le pusiera por delante, poniendo sonrisitas, haciendo gracietas, poniendo a parir en español a su guitarrista italiano… la verdad es que no era el Paul de mala ostia y antipático que me esperaba, y que hubiera provocado su caída inmediata de mi pedestal, este Paul era algo inesperado y me estaba sintiendo realmente feliz de que el concierto se fuera desarrollando de esa forma, ya que además, exceptuando unas cuantas ocasiones en las que el hombre cantaba lo justito, su voz en general me estaba sonando acojonante.dianno_18.jpg
Y de repente… qué es eso? Marshall Lockjaw! No sólo de Iron Maiden están compuestos los conciertos de Paul Di’Anno, ya que de vez en cuando se permite la licencia de tocar alguna canción de Killers o de Battlezone que sólo 3 personas conocen. Me imagino que, desde su prisma y desde el escenario, debe ser bastante deprimente pasar de ver a ochocientos tíos dando brincos con los ojos fuera de las órbitas a ritmo de Sanctuary a tocar Marshall Lockjaw y ver a 797 tíos de brazos cruzados y a 3 flipaos coreando la canción.

Pero esa no era la única sorpresa que me deparaba el concierto, ya que Paul había metido muchas más canciones propias de las que esperaba! Children of Madness y The Promise de Battlezone fueron otras dos que me sorprendieron, pero lo que realmente no esperaba ni remotamente fue que incluyera nada más y nada menos que ¡tres! canciones de “Menace to Society” de Killers. Three Words (dedicada aparentemente a su ex-mujer), A Song For You y Faith Healer fueron para mi las sorpresas álgidas de la noche, porque realmente pensaba que jamás escucharía en directo algo de ese disco.
Paul no hacía más que sangrar por la nariz, ya que se había dado un sopapo a si mismo con el micro nada más comenzar el concierto, y estaba dejando finas unas servilletas que le habían facilitado. Me estaba temiendo que, dadas las circunstancias, iba a dar por finalizado el concierto en cualquier momento pero no, el tipo se lo tomó con buen humor y deportividad, e incluso hizo un bis tocando Sanctuary, después de tener a su banda tocando la instrumental Transylvania, que la clavaron, pero me volvieron a dar la misma sensación de absurdez que cuando tocaron The Ides of March como intro. Por mi, podrían haber tocado una canción del Último de la Fila, o mejor incluso, podría haber salido un jabalí con pendientes bailando ballet, que me habría dejado con la misma sensación.
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Con la satisfacción de haber visto en un par de años a un montón de grupos que jamás pensé que tendría la oportunidad de ver en directo (Mötley Crüe, Stryper, Paul Di’Anno… espero que los próximos sean Stormwitch!), ya no teníamos muchas ganas de más metal, así que nos fuimos a las gradas a descansar los pieses y a ver a Blaze Bailey desde allí.
He de confesar que, a pesar de que The X Factor me fascina como disco de Iron Maiden, Blaze Bailey como cantante no tanto, así que jamás me he molestado en seguir su carrera ni pre-Maiden con Wolfsbane ni post-Maiden como Blaze. Con lo cual no conocía absolutamente ninguna de las canciones que tocaron, exceptuando Futureal y Man on the Edge de Iron Maiden. Paul tenía ciática o la rodilla jodida de alguna forma así que no se movió en exceso durante todo su concierto. Blaze al contrario se estuvo moviendo de un lado a otro todo el rato, animando a la gente y subiéndose a torres de amplis. Por desgracia el sonido casi perfecto que tuvo Paul Di’Anno no acompañó a Blaze, que incluso tuvo un acople de micrófono que casi nos extrae la cera de los oídos de forma automática. Por cierto, sabéis cuando en inglés se usa ‘fucking’ en mitad de una palabra para enfatizar o darle más fuerza? Como cuando se dice “abso-fucking-lutely!” o “fan-fucking-tastic!”. Pues alguien debería decirle a Blaze que eso en español no sirve, porque cuando lo intentó con la palabra “bien” y el resultado fue “bi-fucking-en!”, se convirtió en lo más extraño que he oído en meses.
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Al terminar Blaze, creo que no habría tolerado un concierto de Azrael ni aunque me hubieran prometido a cambio una piscina de birra con Joan Jett y Molly Ringwald en pelotas dentro y riéndome las gracias, así que tomamos rumbo hacia la pensión ya que al día siguiente nos esperaba lluvia, la última hamburguesa en el Burger El Dorado, la despedida de Cristina y un viaje de vuelta lleno de muchas más rotondas.
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De Villarejo de Salvanés me llevé una alergia, una faringitis, dos ampollas en los pies, un amor imposible, la palabra bi-fucking-en que me va a costar olvidar y un empacho de hamburguesas, pero sobre todo la misión superada con éxito de haber conseguido ver en directo a Paul Di’Anno, mi ídolo de adolescencia y pubertad, y no haber sido defraudado en el intento!