Algunos festivales salen bien, como el de Villarejo, del cual sólo me llevé una faringitis y un empacho de hamburguesas, pero otros salen rematadamente mal, como la edición 2008 del Monsters of Rock. De este festival me llevé algo más y, sinceramente, preferiría no haberlo hecho. Como bien sabréis si estuvisteis allí o leísteis los periódicos al día siguiente, el día 11 de julio, primer día del festival, tuvo un final algo abrupto y bastante inesperado, a la par que frustrante. La tormenta de 15 minutos y el fuerte viento que la acompañaba, que comenzó a soplar cada vez con más fuerza durante la actuación de Ted Nugent, arrasó literalmente el escenario y la zona del festival, forzando la cancelación del mismo también para el día siguiente. El resultado fue un escenario más mojado que las ingles de Bud Spencer en agosto, un montón de equipo inutilizado, focos caídos y rotos, altavoces empapados, y un herido. No está mal, no? Para la hecatombe repentina que se montó con la lluvia, y la especie de fin del mundo en pequeñito que se vivió durante esos minutos, la verdad es que la cosa podría haber sido mucho peor, y tal vez se recordaría como aquel Donington de 1988, cuando murieron aplastados dos pobres británicos mientras tocaban Guns’n’Roses. Jamás pudieron llegar a ver a Axl con trencitas, o a Slash y Duff tocando con Scott Weiland, que está más delgado que Amy Winehouse, y nunca podrán asistir al lanzamiento de Chinese Democracy, aunque sospecho que nosotros tampoco. Así que el hecho de que sólo una persona de miles resultara herida en el Monsters of Rock 2008 fue todo un logro, un alivio y algo realmente digno de agradecer al destino, con una única excepción.

La excepción es que ese herido fui yo.
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Pero remontémonos unas pocas horas para ponernos en situación. Ahora que ha pasado prácticamente un mes, puedo mirar hacia atrás en perspectiva e incluso tomarme la historia con algo de humor. Y como al final parece que no habrá que lamentar consecuencias que me cambien radicalmente la vida, supongo que incluso debería hacerlo.
El Monsters of Rock se lleva realizando en Zaragoza desde hace dos años, en 2006, cuando el festival duró sólamente un día, cayó en domingo, y tuve suerte de no madrugar demasiado y currar poco por esa época, porque si no, el día siguiente habría sido una auténtica desgracia que no habría sido compensada ni por ver en persona las tetillas de Blackie Lawless tal y como hicimos en aquella primera edición.
El año pasado no fui por vagancia, y porque realmente tampoco es que hubiera ningún grupo que me llamara especialmente la atención. De hecho, era difícil encontrar alguno que me impulsara realmente a acudir. Dream Theater? Madre mía qué sopor. Kamelot, Black Label Society, Brujería (!), Mägo de Oz, Mastodon, Children of Bodom… realmente parece un festival hecho a mi medida… a la medida que necesito para quedarme en casa feliz y contento, porque creo que son los grupos que menos me seducen del panorama musical actual. Y nada menos que Motörhead de cabezas de cartel de uno de los días, cuando yo detesto a Motörhead y a todos esos que dicen con orgullo “Lemmy es Dios”. Por qué es Dios? Nunca entenderé esa frase. De repente parece que Motörhead han inventado la piedra filosofal del rock y que si no te gusta Lemmy eres poco menos que un imbécil.
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De todas formas, Pretty Maids y Slayer, los dos grupos junto a Megadeth que me habría gustado ver en la segunda edición, repetían en el Monsters of Rock 2008, que contaba con el gran aliciente (y casi único) de tener a Iron Maiden en una de sus dos únicas fechas en España de su gira “Somewhere Back in Time”, recuperando temas viejos de la época ’85-’88 y con un montaje y una escenografía al más puro estilo de su gira “World Slavery Tour” de 1985, ambientada en el antiguo Egipto y con esfinges, pirámides, sarcófagos, mallitas azules de Dave y mascaritas de Bruce que todo bicho viviente pudo presenciar o bien en persona o en el vídeo de la gira que se editó, Live After Death.

Yo tenía cinco años cuando todo eso ocurría y, a pesar de que Powerslave fue mi primer disco de Iron Maiden, aquella gira me la pasé yendo al colegio, comprando cromos, jugando con plastilina y viviendo felizmente en mi casa, con lo cual no tenía ni el más mínimo interés ni edad de ir a un concierto de Iron Maiden.
Mi fiebre Ironmaideniana ya pasó hace muchos años, y hoy en día no sigo día a día las noticias que giran alrededor del grupo, y la verdad es que me da igual que editen el vigésimoquinto disco en directo o que el próximo disco en estudio vaya a tener toques progresivos, lo cual significará que Steve Harris compondrá un montón de canciones de 8 minutos a las que les sobrarán cuatro minutos por canción.
Pero evidentemente, verlos en directo en esta gira tan especial es algo distinto, y encima en mi propia ciudad, sin necesidad de irme hasta el festival ese de Mérida en el que también tocaban, una idea que sugería mi colega Carlos, cuya fiebre Ironmaideniana en cambio sigue a punto de nieve.
monsters of rock 08 - periódico de aragón
97 euros por el abono para los dos días de festival no es una cifra fácil de pagar de golpe, sobre todo si le unimos el precio de una entrada para ver un concierto aburrido de House of Lords al que fui coaccionado por Carlos, que compramos ese mismo día. Pero la diferencia entre tener la entrada para un solo día y el abono completo era sólo de unos 30 euros, y así el viernes podríamos ver a Twisted Sister, Thin Lizzy, Deep Purple y Pretty Maids. O eso pensamos. Aunque ahora se que más me valdría haber comprado sólo la entrada para el sábado, el panorama para el sábado era tan desolador en cuanto a grupos que la única forma de compensarlo era sacando el abono completo.
Así, aunque odie a Iced Earth, Avenged Sefenfold y Rose Tattoo me den más igual que ver cómo es por dentro un disfraz de morsa y todavía no comprenda bien qué mierda pintaba Lauren Harris en el cartel pudiendo estar The Wildhearts, entre los dos días podríamos ver grupos que es difícil que vengan a España, y lo más importante, serían dos días diferentes, con mis colegas, después de un petardo de semana frente al ordenador, en un festival profesional. Profesional? Tal vez no tanto.
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Cuando vi los horarios del viernes, y teniendo en cuenta que salgo de currar a las 3 de la tarde de Zuera, asumí pacientemente que no podría ver ni a Rage ni a Pretty Maids, y que con suerte a lo mejor llegábamos a tiempo de ver a Thin Lizzy, que aunque da una sensación un poco rara porque Phil Lynott se murió hace ya bastantes años, ahora canta John Sykes y está guay. Además tiene una canción en solitario que se llama Cautionary Warning que nunca me canso de escuchar (aunque no se cómo llegó a ser la sintonía de una serie de anime un poco rara).
Al final, tras hacerme un bocadillo enorme, coger tres albaricoques que despertaron la risa de Carlos, quedar con Nacho, esperar a Jose, llegar a la feria de muestras, encontrar a Ismael y Tania, beber unas birras calientes en el parking y, sobre todo, escuchar las frases “Ted Nugent tiene buenos riffs” y “he venido para ver a Zin Lixi” de alguien que se las daba de entendido, cuando por fin entramos en la zona de conciertos eran las tantas y Ted Nugent estaba ya por la mitad de su set. Daba igual, todavía quedaban Deep Purple, Twisted Sister y Saxon.

A medida que Ted Nugent iba tocando canciones, el cielo se iba poniendo cada vez más negro, un nubarrón se acercaba peligrosamente hacia nuestras cabezas, tapando medio cielo, y se estaba levantando un viento bastante fuerte. Carlos sacó un litro de birra al módico precio de 7,50€ y a mi me tocaría sacar el siguiente. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me gustaría no haberme escaqueado a la fuerza y haber sido capaz de sacar ese siguiente litro, pero no fue posible y esos 7,50€ fue nuestra única contribución a la barra del festival. Lo siento por las camareras, porque realmente Carlos y yo casi nos rompemos el brazo a codacitos.

Cuando Ted Nugent terminó su set, y estábamos esperando a que montaran y prepararan el escenario para Deep Purple, el cielo cada vez tenía peor pinta, comenzó una tormenta eléctrica, el nubarrón negro ya estaba encima de nuestras cabezas y el viento era ya huracanado.
Si Ted Nugent tuvo problemas para mantener su bandera americana por culpa del viento, y al final la tuvo que retirar provocando la alegría de la mayoría de los asistentes, ahora era el personal de seguridad el que estaba teniendo verdaderos problemas para mantener las vallas en pie y evitar que todo saliera volando por los aires. Algunas partes del escenario, como los focos colgantes o parte de la amplificación, se balanceaban de una forma sospechosamente peligrosa, y de hecho, Jose y yo comentamos que como se cayera algo por culpa del viento íbamos a protagonizar una tragedia de las buenas. Supongo que tenemos algo de videntes.
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En vista de cómo se estaba poniendo el panorama, y dando por hecho que ninguno de nosotros tenía ganas de ir volando hasta el país de Oz para encontrar al hombre de paja y demás amigos, decidimos ponernos a cubierto hasta comprobar si realmente era una tormenta veraniega un poco bestia, cuánto duraba y cuáles eran las consecuencias, porque seguramente duraría poco y a mi personalmente no me apetecía ver a Deep Purple chorreando agua de mi camiseta de Joan Jett.

La siguiente vez que abrí los ojos estaba tirado en el suelo, mojado, frío, desconcertado, dolorido, y con un barullo de brazos, manos, gritos, cabezas y caras por todo mi cuerpo. No sabía muy bien dónde estaba, pero di por hecho que algo no iba muy bien y que mi fin de semana se había arruinado por algún motivo. Pregunté qué había pasado a dos o tres de esas caras, y poco a poco me fui enterando de que me había caído algo encima, parte de la estructura o una plancha metálica o unos focos o algo así. Me parecía tan absurda la historia que tuve que preguntar unas cuantas veces más, hasta que decidí que eso tenía que ser un sueño raro y desagradable de esos que tienes a veces, pero que cuando te suena el despertador y te tienes que ir a currar de repente ya no parece un sueño tan malo y prefieres volver a él y quedarte en la cama rascándote la oreja.
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Realmente no sabía muy bien si estaba en el festival, si estaba en mi casa soñando o qué estaba pasando, pero un dolor intenso en la cabeza que me llegaba hasta la punta de la nariz me fue despertando hasta que llegamos al puesto de la Cruz Roja que estaba habilitado en alguna parte de la feria de muestras. Por el camino, mis amigos me dijeron que me había caído una plancha de la torre de luces, situada enfrente del escenario y en la que también estaba la mesa de mezclas, encima justo de la cabeza. Que la plancha era de un metro y pico de largo por medio de ancho y estaba hecha de hierro, es donde se apoyan los operarios de la torre de luces para mover focos y tocar cosicas. Que una primera plancha había rozado la pierna a Nacho y que había intentado tirar de mi para que no me diera la segunda, pero que a pesar de que en un alarde de mis reflejos, que no suelen salir a relucir muy a menudo, la había golpeado con mi mano izquierda, la plancha me había golpeado de lleno en la parte superior de la cabeza en incluso me había arrastrado unos metros hasta que finalmente habíamos caído al suelo.
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También supe que había estado inconsciente durante cinco minutos, los cuales aproveché para soñar una escena alternativa que nunca ocurrió, pero que conté felizmente a un enfermero de la Cruz Roja cuando me preguntó qué había pasado, para comprobar si tenía amnesia post-traumática. Yo estaba convencido de que “estábamos en la cola del baño, y de repente hemos visto una plancha de hierro volando por aires y me ha dado en la cabeza” y así lo conté, con todo lujo de detalles, hasta que mis amigos dijeron que no, que eso no había ocurrido y que en la cola del baño habíamos estado mucho rato antes, así que al parecer mezclé varios de los momentos previos en uno en el sueño que tuve durante el rato que estuve inconsciente. Gracias a dios que mi sueño fue bastante simplón, porque si llega a ser un poco más elaborado y tan real como el que tuve, podría perfectamente haber dicho a la gente de la Cruz Roja que “entonces apareció Joan Jett en bolas de cintura para arriba, y de cintura para abajo también, y me dijo que no era lesbiana, y me llevó volando junto a Lee Aaron hasta los camerinos de Stormwitch, que eran los siguientes en tocar, pero apareció Marky Ramone con su peluca y me tiró una plancha de hierro a la cabeza”.

Llevo un tiempo pensando que soy gafe. Hace poco íbamos a tocar en una sala bastante guay de Zaragoza y la cerró la policía la noche anterior. Mis amigos ligan cuando no van conmigo. Cogí faringitis para uno de nuestros últimos conciertos, y encima vinieron 15 personas. Y ahora ésto, me caía una plancha de hierro en la cabeza y era el único herido de un público de miles de personas en un festival bien acondicionado, de un nivel profesional y de renombre internacional. Porque estaba bien acondicionado y tenía un nivel profesional, no? La tormenta fue fuerte y el viento también, pero el agua y el granizo duraron algo así como quince minutos, tres veces el tiempo que yo estuve inconsciente. Realmente es suficiente como para convertir el Monsters of Rock 2008 en una especie de escena post-apocalíptica con planchas de hierro cayendo sobre la gente, focos precipitándose al vacío, una torre de luces a punto de desplomarse sobre el suelo, miles de personas corriendo sin saber a dónde, un equipo totalmente inutilizado y mojado, y un escenario con medio metro de agua al que ni JJ French saldría?
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En Alemania, sin ir más lejos, hace bastante peor tiempo que aquí. Y se realizan festivales en invierno. Y cae una lluvia que hasta el mismísimo Noé diría “ostia de dios!”. Y nadie muere, no caen planchas, no caen torres y los festivales se terminan. Porque tal vez allí enganchen las estructuras como es debido, tal vez allí tengan en cuenta los imprevistos y cubran el escenario con algo más que una telilla absurda que sale volando cuando tres jevis estornudan a la vez. Tal vez allí no monten festivales con el menor de los mínimos necesarios de seguridad y valoren algo más la integridad física del público que les da de comer y de sus propios trabajadores. Porque estoy convencido de que alguien, al planificar el festival, dijo “Vale, ésto lo haremos así porque es julio y hace buen tiempo y tal, y no creo que pase nada raro. Y si pasa… bueno, pues ya veremos lo que se hace”. Pero todo ésto no lo tengo que decir yo, que no tengo ni idea de festivales ni de nada relacionado con ellos, ni siquiera me acuerdo de una vez para otra de qué calibre son las cuerdas de mi bajo.

Cuando la ambulancia en la que me iban a llevar al hospital no arrancaba, mi teoría de que me había convertido en un gafe monumental cada vez cobraba más peso. Mis amigos tuvieron que empujarla hasta que finalmente me pasaron a otra y nos pusimos en camino hacia el hospital Miguel Servet de Zaragoza.
El resto de la noche la pasé como en una bruma extraña y agotadora, deseando que acabara y que todo pasara lo antes posible. Carlos todavía sostiene que intenté ligar en la ambulancia con una chica de la Cruz Roja diciéndole una tontada, pero yo todavía no me lo creo. Será que me tengo que dar un planchazo en la cabeza cada sábado para recuperar mis dotes perdidas de seducción?
Cuando llegamos al hospital, ya con mis padres avisados y de camino hacia allí, comenzó una retahíla de scanneres cerebrales, radiografías de todo el cuerpo y pruebas psíquicas y motrices que culminaron con un análisis de sangre, la vacuna del tétanos, siete puntos en la cabeza, una sindactilia (yo tampoco sabía lo que era hasta entonces) en el pie, vendas en la mano y una vía en la vena para el gotero.
Me despojaron de todos los zarrios que llevo colgando de cuello, muñecas, dedos y orejas, lo metieron todo en un guante de látex, a modo de bolsita improvisada, y en cada prueba que me hacían alguien sugería cortarme la camiseta de Joan Jett con unas tijeras para quitármela, ya que con el collarín y la vía era imposible sacarla. Aunque era blanca, estaba llena de sangre, no me había traído muy buena suerte y era muy posible que no fuera a estar presentable jamás, mi incipiente síndrome de Diógenes me impide tirar cosas que todavía pueden ser aprovechables, así que conseguí que nadie me pegara un tijeretazo y, de hecho, pasé con ella esa noche y el día siguiente.
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Cuando por fin me pude librar de la camilla, que era durísima y me estaba dejando la espalda como la cadera de Mick Mars, y tras pasar lo que parecieron horas en la sala de espera, mientras Carlos y Nacho compartían emocionados impresiones sobre las piernecicas de dos tías que estaban allí y que jamás pude ver porque no podía incorporarme, me trasladaron a una cama de la sala de observación. No me lo podía creer. No podía más, me dolía todo, todavía no estaba muy convencido de todo lo que estaba pasando, estaba preocupado por mis amigos, por mis padres, y por mi hermana que aún no sabía nada porque estaba de viaje fuera de Zaragoza. Mi traumatismo cráneo-encefálico había provocado al parecer una hemorragia interna, pero a mi ya me daba igual todo, sólo quería dormir un poco, olvidarme de todo, soñar con algo que no incluyera estar en la cola de los baños y descansar. No pude ver bien cómo era la sala en la que me habían situado porque mi cabeza estaba todavía un poco agilipollada, pero vi que estaban todas las camas vacías excepto la de un abuelo en la otra esquina. Las enfermeras eran todas más guapas que Molly Ringwald (y eso que mi fetiche son las azafatas de avión) y muy agradables, a pesar de que tenía todo el almohadón lleno de sangre secuza y daba bastante grima, y recordé que me había levantado a las 5:30 de la mañana para ir a currar y que había sido un día muy, muy largo y muy, muy penoso.

Al día siguiente comenzó mi estancia de 4 días en la sala de observación y por la mañana vinieron a verme mi madre y Nacho, el cual me trajo El Periódico de Aragón, en el que se decía que el único herido del Monsters of Rock, vuestro humilde servidor, había sufrido un roce de una plancha metálica. Hey, eso no es lo que pone en mi informe médico! Al parecer tengo que ser atropellado por un autobús en llamas lleno de luchadores de sumo con diarrea para que el resultado sea algo más que un leve roce. Fue un golpe mortal y, aunque al principio me daba un poco de rabia tener que haber sido el único de un público de miles de personas en caerle una plancha, en el hospital tuve horas muertas para pensar y sentirme agradecido, porque si hubiera recibido el golpe en cualquier otro ángulo, o no hubiera desviado la plancha esos milímetros con la mano, es muy posible que ahora estuviera tetrapléjico o algo incluso peor…
La organización del festival nunca se personó en el hospital para averiguar mi estado, tampoco realizó ningún tipo de llamada telefónica o comunicación conmigo o con el hospital, lo cual es una auténtica pena, porque en caso contrario podrían haber informado correctamente a los medios y haberles enviado un comunicado verídico.
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Los que sí que aparecieron fueron dos miembros de Leyenda Prohibida, el grupo Zaragozano que iba a abrir el Metalway del sábado y que al final no pudieron tocar por la cancelación del mismo. Fue un detalle tremendo y muy inesperado para mi porque no me conocían de nada, el accidente había tenido lugar el día que ellos no tocaban y, básicamente, no tenían por qué hacerlo. Así que desde aquí les mando un abrazo muy fuerte, y la verdad es que espero verlos por ahí muy pronto, fuera del contexto del hospital, y poderles invitar a tomar algo. Aunque sospecho que uno de ellos no estaba muy a disgusto allí, ya que creo que ellos compartían mi opinión con respecto a las enfermeras.

Estar en el hospital es un rollo. Pero estar en la sala de observación es aún peor. Sobre todo cuando, a pesar de que cuando llegué había poca gente, a las pocas horas sufríamos un verdadero overbooking de enfermos. Por allí alguien vomitaba cada cinco minutos de una forma estruendosa. Por allá alguien necesitaba evacuar y oh, sorpresa! tenía diarrea. Por una esquina alguien discutía con una enfermera porque no quería que le pinchara. Por la otra esquina pitaban aparatos y se encendían luces. Cada cinco minutos, un aparato me tomaba la tensión automáticamente, es una de las cosas que más grima me daban en este mundo hasta entonces, ya que terminé totalmente inmunizado a la sensación después de que esa máquina me tomara la tensión cuatrocientas veces seguidas.
Y todo ello durante las 24 horas del día. Doliéndote la cabeza y todo el cuerpo en general, sin poder dormir, resudao, sucio, lavándote con una esponja y con el frío del aire acondicionado. Tenía que hacer pis en un botellín especial de plástico, y gracias a dios el neurocirujano decidió que ya podía ir levantándome poco a poco de la cama cuando llegó el momento de hacer cosas más sólidas, eso sí, con el armatoste del gotero a cuestas y la bolsa de suero conectada a mi vena.

Las enfermeras, médicos, celadores y todo el personal eran muy majos y la verdad es que el buen carácter ayudaba bastante a estar allí, incluso fue a visitarme Yolanda, que fue la primera persona en atenderme cuando me cayó la plancha (gracias), y aunque ella estaba allí como público (para ver a Thin Lizzy), dio la casualidad de que trabajaba al día siguiente en el Miguel Servet.
Durante un rato que no me dolía la cabeza porque me había tomado un calmante, escribí una letra para una canción basada en la historia de la plancha, e incluso tuve moral de dibujar a mi grupo. El dibujo causó sensación entre algunas enfermeras e incluso una me dijo que si se lo podía regalar, yo decidí que tenía que acudir al hospital más a menudo para recibir alguna inyección de ego.
Pero en el fondo sólo deseaba irme a mi casa, cuyo suelo pisé por fin el lunes 14 de julio.
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Ahora ha pasado casi un mes, muchos dolores de cabeza en el sentido más literal, muchos médicos, muchas pruebas, muchos scanners, muchas pastillas, mucha cama, muchos mareos, pero la evolución parece que es buena y de momento confío en que la única secuela que me quede sea este extraño peinado de cura que me hicieron al raparme un círculo en la cabeza para ponerme los puntos, qué mal queda, con lo que yo he sido!

Mi reproductor mp3 no es en absoluto comparable con mis padres, mi hermana, Nacho, Carlos, Jose, Fernando, Ismael, Tania, Fiona, María, los que vivieron conmigo la noche penosa del viernes y los días sucesivos, pero mi estancia en el hospital habría sido muchísimo más nefasta si no hubiera tenido a Honeycrack y a Silver Ginger 5, en concreto esta canción, que para bien o para mal siempre me va a recordar a una cama de hospital con un colgajo en la vena, una botella para el pis y enfermeras guapas. Os la dedico a vosotros, gracias a todos/as por estar conmigo.

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      Silver Ginger 5 - Inside Out

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