Hey, ¿qué hay para cenar? Ramen del barato y cine filipino. Dos elementos que, ya por separado, podrían provocar una úlcera estomacal lenta y con conclusiones nefastas de color marrón, juntos esta noche en el Escalón Imaginario. Solía reírme a carcajadas reprimidas de esa gente que sale a la calle durante las procesiones de Semana Santa, con cara de pena y autopropinándose latigazos en la espalda hasta que se la ponen de color pimiento morrón, pensando que eran un poco imbéciles. Ahora sé que mi nivel de autoflagelación es similar o incluso mayor al suyo, con el agravante de que, mientras ellos al menos pretenden expiar alguna culpa, yo veo estas monstruosidades del celuloide por mero amor al arte, propiciado por no tener nada mejor que hacer. ¿Quién es el imbécil ahora?

Police Boy es una producción filipina de 1977 que en realidad no se llama Police Boy, sino Bionic Boy. El criterio que llevó a la empresa que se encargó de importar esta película a España a reemplazar sutilmente la palabra “Bionic” por “Police” permanece en los anales del misterio absoluto, al lado de las teorías acerca de la existencia de alienígenas hermafroditas en Urano. Hay ocasiones en las que un título en inglés como pudiera ser “Light From a Dead Star” se traduce en español como “Venido de las Estrellas”, o algo similar, y puede incluso tener sentido y llegar a estar justificado. Pero ¿Bionic Boy por Police Boy? Mucho me temo que esta película podría llamarse Bionic Boy, Police Boy, Killer Boy, Fighting Boy, Mandarina Boy o Boy Boy Boy e importaría dos mierdas, porque está claro que el argumento va de un niño muy fuerte que hace cosicas.

La portada, pese a su apariencia liviana y minimalista, esconde más misterios de los que el ojo humano puede captar en una primera impresión. Por desgracia, mi copia en VHS parece haber estado expuesta durante doscientos años al arduo sol mesopotámico en lo más alto de una pirámide, y ha perdido algo de su brillo y colorido original, quedando un tono general estilo sepia. Por no hablar de que, en algún momento de su trayectoria hacia mis manos, la parte superior de su carátula fue picoteada por un corral entero de gallinas locas. Pero no importa, ya que todos los detalles fundamentales permanecen.



No sé por dónde comenzar, ya que esta portada realmente me abruma. Para empezar, el actor no se llama Jonson Yap, sino Johnson Yap. Oh, ya sé, una simple hache no va a provocar una revolución en las calles, con multitudes blandiendo pancartas y reclamando la correcta escritura del nombre de un crío del que nadie ha oído hablar hasta hoy.
La carátula define a Johnson Yap como “la estrella de los Kunfu kids”, haciendo honor a la clásica norma que reza algo así como “todos los niños pequeños con ojos rasgados son exactamente iguales y se les puede llamar simplemente chinos”. Yo no soy un gran experto reconociendo gente, de hecho a veces por la calle no saludo a alguien cuya cara he visto dos mil veces porque no estoy totalmente seguro de que realmente sea la persona que yo creo que es. Me parece que esta incapacidad es una secuela directa de cuando hace diez años me caí por un risco al tratar de recoger unas setas que, según me habían asegurado, eran alucinógenas.

Pero de lo que estoy seguro es de que el maldito Johnson Yap no es la estrella de los Kung Fu Kids. Kung Fu Kids fue una saga de extensión indeterminada de películas, protagonizadas por tres niños, y grabadas en Taiwan durante la segunda mitad de los años ochenta. Quizá las recordéis porque uno de los niños era gordo y solía atacar a hombres adultos mafiosos tirándose un pedo en sus caras o realizando alguna estúpida acción similar con la que, en la vida real, habría terminado muerto y despellejado por los señores mafiosos. En cambio, Police Boy se grabó en Filipinas en 1977, mientras que Johnson Yap nació en Singapur. Por tanto, Johnson Yap no tiene absolutamente nada que ver con las películas de los Kung Fu Kids y, ahora que lo observo con detenimiento, me parece que tampoco es el niño de la portada. ¿Por qué mentían los diseñadores de carátulas? Y, aparte, ¿qué coño es eso de “Kunfu”? Ya que estaban vertiendo una vil falacia a los incautos niños españoles, visitantes del video-club en busca de películas taiwanesas con niños gordos graciosos protagonistas, ¿no podían al menos poner un poco de esmero y escribir las cosas bien? Es como si tu mujer te pone los cuernos con un panadero, y luego en casa te cuenta una mentira utilizando lenguaje inconexo, del tipo “he estado comiendo café con unas amigo”.

La foto del niño no identificado en cuestión me intriga. Para las miradas no entrenadas, un rápido vistazo puede hacerla parecer una foto cualquiera, sin nada extraño que destacar. Para una mirada inquisitiva como la del Escalón Imaginario, en cambio, hay algo en ella que no está del todo bien. La gorra de policía es un dibujo, y está recortada de algún lugar y posteriormente pegada encima de la cabeza, la cual está a su vez recortada de otro lugar diferente y pegada encima del cuerpo, al cual le han dibujado con muy poca destreza unas putas botas post-apocalípticas de Mad Max que no pegan ni con cola. ¿A ésto se refiere el título de la película con “el chico biónico”? ¿A que el chico en cuestión es una especie de collage, a modo de fanzine punk, formado por partes diversas sacadas de sabe dios dónde? Lo mejor de todo es que ni el niño, ni la gorra, ni el traje, ni los rascacielos, ni por supuesto las botas post-apocalípticas de Mad Max aparecen luego en la película.

En la contraportada obtenemos nuevos despropósitos, en la forma de un nuevo niño, que tampoco aparece en la película, recortado con el cincel de Michelangelo Buonarroti, a juzgar por la tosquedad de su trazado, ubicado sobre un fondo azul de rayos y relámpagos. ¿A qué clase de inmenso archivo de niños asiáticos tenía acceso el diseñador de esta carátula? Me pregunto si no habría sido más fácil utilizar al pobre Johnson Yap, y no a una serie de clones que ni siquiera se le parecen demasiado.
El párrafo que explica el argumento de la película está escrito sin ganas, incluyendo la consabida y necesaria frase inconexa como es “en un terrible accidente le deja entre la vida y la muerte”, que aseguraría la obtención de un 3 en el examen de lengua española de quinto de primaria. Pero aquí estoy rizando el rizo y siendo quizá un poco injusto, ya que comprendo perfectamente que a alguien se le vaya el santo al cielo a medio escribir la sinopsis de una película como Police Boy, y al volver de nuevo a la realidad concluya la frase y le suene descuajeringada. A mí me pasa constantemente durante la escritura de los fabulosos artículos de esta web.

La película en cuestión es una de esas que jamás conocerás en persona a nadie que la haya visto, a pesar de que en internet hay vestigios de otras cinco o seis pobres almas afligidas como la mía que tuvieron la suerte de hacerse con una copia. La historia ronda alrededor de Johnson Lee, un niño repelente con voz de mujer, también repelente, que se alza con el título de campeón de karate tras una competición que tiene lugar en Filipinas. Johnson y sus padres, naturales de Singapur, comienzan entonces unas felices vacaciones a través de la famosa isla del Océano Pacífico, recibiendo todo tipo de atenciones por parte de un magnate del país, el cual les regala un coche por el mero hecho de que Johnson ha ganado el campeonato de karate y él es aficionado al karate, a pesar de ser un gordo con barba.

La desgracia golpea duramente el rumbo de los tranquilos acontecimientos en nuestra historia, ya que una terrible banda criminal formada por tíos con pelo afro y dentaduras irregulares pretende hacerse con el control de las principales fortunas de Filipinas, chantajeando para ello a los máximos empresarios del país, o directamente poniéndoles una bomba lapa debajo del culo. Recordemos que el nuevo mejor amigo de la familia de Johnson Lee es uno de esos empresarios. Durante un intento de asesinato a nuestro amigo empresario, el padre de Johnson revela su verdadero oficio, agente secreto de la interpol, y consigue evitar que al señor gordo aficionado al karate le den matarile. La venganza no se hace esperar, y la organización criminal escachombra mediante excavadoras y entre risillas de supremacía el vehículo de la familia Lee, un accidente al que nadie sobrevive.

¿Nadie? Eso no es del todo cierto. A pesar de que los padres de Johnson Lee mueren entre sollozos y chorrillos de sangre entre las comisuras, los más importantes cirujanos del mundo, investigadores de la ciencia que permite introducir partes metálicas funcionales en el interior de un cuerpo humano, consiguen revivir a Johnson, dotándole además de una serie de poderes sobrehumanos nunca vistos hasta entonces. Acaba de nacer EL CHICO BIÓNICO. Los mencionados poderes no son tan espectaculares como se podía esperar, ya que se limitan a un super-oído que le permite escuchar conversaciones ajenas, super-vista con la que puede detectar a francotiradores a dos mil millones de metros de distancia, super-fuerza para ofrecer hostias como ensaimadas, y una super-velocidad que en la película siempre aparece a cámara lenta y mientras suena de fondo una melodía de sintetizadores rancios que me hace sentir sucio.

Como es de suponer, Johnson Lee utiliza todas estas nuevas habilidades adquiridas para infiltrarse en la guarida de la organización criminal, repartir brea a setecientos actores secundarios durante cuarenta minutos, levantar coches mientras malvados terroristas tratan de huir dentro de ellos, y vengar finalmente a sus fallecidos padres, acabando con la vida del líder de la banda, todo ello mientras la misma melodía de sintetizadores se repite, incesante, una y otra vez.

Police Boy es, definitivamente, un poco caca. Realmente es tan rancia que mañana debería ver Lo Que El Viento Se Llevó y Casablanca para contrarrestar. Pero en el fondo tiene su encanto. Tras diseccionar la portada, consigue mantenerte en vilo durante todo su metraje, preguntándote cuándo aparecerán en escena las botas de Mad Max, o el traje de policía, o los rascacielos de la gran ciudad, o algo mínimamente emocionante, por el amor de dios. Nunca aparece nada de ello, y por eso es fascinante el Arte en Formato VHS, ya que una simple portada engañosa e incongruente logra que, después de ver una soberana mierda de película, incluso llegues a decir que “tiene su encanto”.




Un año más, tras el consabido paréntesis de seis meses que acostumbramos a llamar “vacaciones” de forma altamente incorrecta, Silicio en la Sala ha regresado de nuevo a las ondas hertzianas. Silicio en la Sala es el clásico programa de la radio zaragozana en el que podéis escucharme, junto a mi compañero radiofónico Carlos, hablando de majaderías aleatorias hasta bien entrada la noche de los viernes. Música, noticias, efemérides, dedicatorias, anécdotas estúpidas repetidas hasta la saciedad, en un programa al cual puedes llamar, entrar en antena, dedicar canciones a tu vecino, enviar e-mails, comentar vía Facebook, e incluso obligarnos a poner canciones que no nos gustan. ¿OH QUÉ MÁS PUEDO DECIRTE PARA QUE NOS ESCUCHES CADA VIERNES A PARTIR DE LAS 20:00 EN EL 102.8 DE LA FM PARA ZARAGOZA Y ALREDEDORES?

Ah sí, es cierto, que si vives alejado de nuestro radio de acción, o tu vida social te impide permanecer un viernes por la noche sentado en la alfombra y escuchando la radio, puedes acceder en cualquier momento a nuestra web, www.silicioenlasala.com, y escucharnos en directo a través de internet, descargar programas anteriores, y leer algunas tontadicas. Si este viernes nos escuchas, en algún lugar del planeta, un niño biónico huérfano será feliz. Si no lo haces por nosotros, al menos piensa en él.