En numerosas ocasiones ya he declarado abiertamente que la consola Sega Master System es el amor de mi vida, en lo que a aparatos electr√≥nicos se refiere. La amo m√°s que al microondas, m√°s que a los walkie-talkies, m√°s que a aquellos dispositivos que √ļnicamente serv√≠an para rebobinar cintas VHS y, por supuesto, m√°s que a cualquier otra consola de videojuegos. Muchas de ellas han pasado por mis manos durante los √ļltimos 874 a√Īos, pero la Master System siempre ser√° la primera en llegar hasta ellas cuando yo contaba con unos ocho a√Īos y pico de edad, con la que descubr√≠ que pod√≠a jugar a una versi√≥n descafeinada de Out Run en mi propio hogar y con zapatillas de cuadros de andar por casa cubriendo mis pies, gracias a la cual memoric√© las reglas de los m√°s importantes deportes a pesar de no acercarme a un bal√≥n de f√ļtbol en la vida real ni aunque estuviera relleno de aguacates, con la que aprend√≠ ingl√©s leyendo sus multiling√ľes manuales de instrucciones y, por qu√© no decirlo, con la que tambi√©n ampli√© mi l√©xico espa√Īol gracias tambi√©n a sus manuales. Todav√≠a recuerdo cuando descubr√≠ la existencia de la palabra “azagaya” en las instrucciones del juego Rastan, y pas√© una larga temporada utiliz√°ndola intensivamente en cualquiera de mis conversaciones, estuviera dentro del contexto o no, solo por la satisfacci√≥n de descubrir que nadie sab√≠a su significado. Creo que podr√≠a perfectamente reanudar esta pr√°ctica hoy en d√≠a, ya que me da la impresi√≥n de que azagaya sigue siendo una de las palabras menos populares de nuestra lengua, e incluso yo mismo he tenido que buscar su significado en el diccionario porque en el transcurso de todos estos a√Īos he olvidado qu√© mierdas es una maldita azagaya.

Gracias a la llegada de internet a mi vida a finales de 1997, descubr√≠ un mont√≥n de cosas. Entre ellas, que el sexo con animales gozaba de una gran popularidad pero, m√°s notablemente, la existencia de los maravillosos emuladores, esos peque√Īos programas que te permit√≠an jugar en tu ordenador a todos y cada uno de los juegos existentes para todas y cada una de las consolas aparecidas durante la historia contempor√°nea. Tambi√©n descubr√≠ algo m√°s, y eso fue la presencia de un gran n√ļmero de t√≠os raros alrededor del mundo que idolatraban la Master System como si √©sta se tratara de un t√≥tem m√≠stico con rostros de deidades indias con gran nariz talladas en su superficie, los cuales segu√≠an hablando de la Master System, creando p√°ginas web sobre ella, discutiendo en foros, y coleccionando juegos. En lugar de carcajearme de semejante submundo anacr√≥nico y seguir investigando acerca del sexo con animales cuyo atractivo jam√°s he podido comprender, fui atrapado en sus redes sin remedio. Lo cierto es que ten√≠a olvidada a mi vieja Master System desde hac√≠a ya varios a√Īos, puesto que mis intereses de adolescencia se hab√≠an volcado en otras prioridades, como localizar birra barata, encontrar el amor en forma de alguna chica pelirroja que fuera fan de The Cult, e intentar alcanzar la fama tocando el bajo en varios grupos de mierda. No obstante, en pocas semanas, yo era uno m√°s de esos t√≠os raros que coleccionaban juegos de Master System, el √ļnico (o esa impresi√≥n me daba, al menos) espa√Īol en una subcultura todav√≠a en pa√Īales, una especie de √©lite underground que invert√≠a tiempo y esfuerzos en localizar juegos por los que el resto de la gente “com√ļn” (o as√≠ les ve√≠a yo desde dentro de mi supuesta burbuja elitista) no habr√≠a ofrecido ni dos tomates mohosos de esos que localizas un buen d√≠a en un rinc√≥n de tu nevera buscando un sustento digno en una ma√Īana gris de domingo resacoso.

Fue una √©poca interesante. Me levantaba a una hora relativamente temprana para acudir al rastro, con el recuerdo todav√≠a patente del √ļltimo chupito horrible de tequila de la noche anterior, y regresaba a mi hogar con varias maravillas de 8 bits que me hab√≠an costado 500 pesetas (unos 3 euros si tenemos en cuenta la divisa local actual), asombr√°ndome de que esos mismos juegos costaban, no muchos a√Īos atr√°s, diez veces m√°s en las tiendas. Enviaba paquetes con mis juegos duplicados a t√≠os que viv√≠an en pa√≠ses tan rec√≥nditos como Canad√°, Alemania o Inglaterra, y recib√≠a a cambio otros paquetes llenos de tesoros que no pod√≠a encontrar aqu√≠ en Espa√Īa. Respond√≠a anuncios de peri√≥dicos locales, escritos por contempor√°neos m√≠os que no ve√≠an el momento de deshacerse de sus malditos juegos de mierda de cuando eran peque√Īos, para poder por fin comprarse una Playstation. Visitaba absolutamente todos los comercios y tienduchas que pudieran tener stock sobrante de √©pocas pasadas, y sus propietarios me miraban como si les estuviera pidiendo una cabra disecada con dos penes en la frente. No me importaba. Ten√≠a mi p√°gina web sobre la Master System, discut√≠a online con gente de todo el mundo acerca de si Alex Kidd llevaba patillas o simplemente se dejaba largo el pelillo adyacente a su oreja, como el bajista de David Bowie en los 70, y pose√≠a una colecci√≥n de juegos cada vez m√°s numerosa que comenzaba a asemejarse a las vitrinas que sol√≠an albergar todas aquellas cajas en El Corte Ingl√©s que, seg√ļn tem√≠a cuando era peque√Īo, jam√°s llegar√≠a a adquirir.

Internet me ofreci√≥ la posibilidad de descubrir juegos de cuya existencia no ten√≠a ni la m√°s remota idea, y tambi√©n la de conocer, al volver a casa tras una ma√Īana de compras en el rastro, que algunos de los juegos reci√©n adquiridos por un precio equivalente al de dos melocotones de tama√Īo medio resultaban ser algunos de los m√°s cotizados y complicados de encontrar. Los propietarios de esos mercadillos y tiendas no ten√≠an, por aquel entonces, ninguna intenci√≥n de tasar sus juegos viejos, y los vend√≠an a un precio gen√©rico y simb√≥lico casi con desprecio, como si depositaran en sus mostradores peque√Īos sacos rellenos de mierda seca. Es dif√≠cil de creer, sobre todo hoy en d√≠a, cuando la afici√≥n por lo denominado “retro” ha alcanzado unas cotas de popularidad y absurdez, a partes iguales, que pensar en comenzar ahora una colecci√≥n de juegos de 8 o 16 bits sea absolutamente inviable. Es cierto que siempre cuento la misma historia aburrida de c√≥mo comenc√© a coleccionar juegos arcaicos en un momento precoz y totalmente adecuado, y siento much√≠simo repetirme como un loro en celo, pero me resulta realmente ins√≥lito que mi afici√≥n de adolescencia, que ten√≠a casi que mantener en secreto como si guardara dedos amputados en el zapatero de mi armario, junto a mis zapatillas jevis negras de bota, o correr el riesgo de que mis interlocutores pensaran que era un pobre desgraciado, ahora se haya convertido en algo tan popular y cool como hacer surf en los ochenta o llevar camisas de cuadros y botas Doc Martens en los noventa.

Internet, efectivamente, nos ofreci√≥ un mont√≥n de informaci√≥n interesante sobre nuestras aficiones pero, finalmente, internet hoy en d√≠a proporciona quiz√°s demasiada informaci√≥n acerca de absolutamente todo, tal vez m√°s de la que podemos procesar inteligentemente. Ya no existe esa emoci√≥n de entrar en una tienda ro√Īosa y encontrar a un viejo tendero antip√°tico y con gafas sucias que saca a rega√Īadientes una caja de juegos de Master System, los cuales te vende a precio de saco de mierda seca pensando que le est√°s haciendo un favor. Ahora todo el mundo consulta con sus smartphones en directo por cu√°nto se venden los juegos en eBay, que tal juego supuestamente cuesta 30 euros m√°s porque su c√≥digo de barras termina en 8, o que por tal otro puede pedir 3399439498 d√≥lares porque solo se editaron 4 en todo el mundo y los otros tres los posee un coleccionista de Washington DC llamado Colin Matthews en cuya foto de perfil de Facebook aparece pescando con su hija peque√Īa.

Todo esto realmente me da igual, porque mi colecci√≥n lleg√≥ hace ya bastantes a√Īos a un punto en el que comprend√≠ que hab√≠a tocado techo. Ya ten√≠a todos los juegos que deseaba, y muchos m√°s que nunca quise. Ten√≠a juegos muy guays, y muchos otros horriblemente despreciables a los que nunca jugar√© m√°s de dos minutos seguidos. La colecci√≥n de Master System no es de las m√°s extensas del mundo y, aunque la m√≠a no est√° completa, tampoco necesito que lo sea porque los que me faltan son absolutas bazofias o juegos de rugby y similares que, sinceramente, no me causan mariposas azules en la tripa. Cuando fui consciente de que mi b√ļsqueda hab√≠a por fin hab√≠a llegado a su, valga la redundancia, fin, me sent√≠ algo vac√≠o, sin objetivos, como cuando llegas a casa despu√©s de hacer la compra y compruebas que has olvidado la moneda dentro del carro. En m√°s de una ocasi√≥n he so√Īado que entro en un bazar mugriento y descubro varios juegos de Master System editados a finales de los ochenta y de los que jam√°s hab√≠a o√≠do hablar. Soy as√≠ de simple. Pero coleccionar juegos de Master System es una tarea muy desagradecida, en comparaci√≥n con otras colecciones compulsivas y enfermizas. Los malditos sellos no se acaban nunca, y los filat√©licos pueden llenar √°lbumes y √°lbumes durante el resto de sus vidas si as√≠ lo desean, o hasta que sus mujeres les expulsen de casa y prendan fuego a todos los sellos en una pira de humo negro entre carcajadas, ¬Ņpor qu√© no puede ser as√≠ con la Master System? En ese momento es cuando hacen su aparici√≥n esos grandes olvidados: los juegos que solo salieron en Jap√≥n.

En el país del sol naciente y las chicas que se tapan la boca al reír de manera comedida, la Master System se llamó inicialmente Mark III, y luego Master System, la cual tenía una apariencia muy similar a la nuestra pero incluyendo un par de pijadas que la hacían mejor, las cuales no voy a pasar a desvelaros porque estoy seguro de que hace ya varios minutos que apagasteis el ordenador y os pusisteis a tender la ropa. Muchos de los juegos japoneses, cuyo formato de cartucho era incompatible con nuestras consolas, llegaron a occidente tal cual, otros sufrieron algunas transformaciones para supuestamente acomodarse más adecuadamente a los gustos no nipones, pero unos pocos fueron exclusivos de Japón y jamás surcaron el océano Pacífico. Nadie sabe cuál fue el criterio de los directivos de Sega para decidir no importar esos títulos. Es posible que en algunos casos el motivo fuera debido a que algunos de ellos eran una mierdecilla, aunque eso no impidió que sí que se editaran fuera de Japón otros que eran también un poco mierdecilla. Con encanto, eso sí.

En otros casos, aventuras est√°ticas de texto o juegos de pseudo-rol con argumento excesivamente japon√©s, imagino que fueron descartados porque eran un maldito aburrimiento para los chavales occidentales √°vidos de acci√≥n, peleas, naves espaciales, explosiones, y bocadillos de jam√≥n con tomate. De cualquier manera, entre que muchos de ellos estaban en japon√©s y que nunca utilic√© demasiado los emuladores de Master System porque prefer√≠a esperar a ir encontrando los juegos f√≠sicos en las mencionadas tienduchas polvorientas, jam√°s les prest√© una gran atenci√≥n. Ahora, con la crisis de los treinta en plena ebullici√≥n, cuando incluso me planteo hacerme un piercing en la nariz, esos juegos japoneses son como t√≠tulos nuevos para m√≠, los cartuchos ausentes en mi colecci√≥n, el eslab√≥n perdido entre mi infancia y el potencial piercing nasal, sobre todo ahora que han aparecido traducciones al ingl√©s para muchos de ellos, las cuales se pueden descargar perfectamente de internet. Si tan solo fuera posible meterlos en un cartucho occidental y jugar con mi aut√©ntica consola en mi aut√©ntica televisi√≥n decr√©pita de tubo cat√≥dico, en una noche lluviosa con una birra en la mano…

¬°Y s√≠, es posible! En la actualidad, si eres ma√Īoso con el soldador y tienes ligeros conocimientos de electr√≥nica, puedes fabricar tus propios cartuchos con cualquier juego que descargues por internet. Desgraciadamente, como soy de letras, jam√°s he utilizado un soldador, nunca he taladrado una pared, mis conocimientos de electr√≥nica se limitan a conocer la existencia de aquellas puertas l√≥gicas llamadas AND, NAND y NOR, que siempre me parec√≠a el lenguaje de un gangoso, y lo m√°s electr√≥nico que he hecho en mi vida es limpiar las conexiones de un mando a distancia cuyas pilas explotaron y soltaron una especie de √°cido que ol√≠a a pescado, no soy capaz de hacerlo. As√≠ que he tenido que ped√≠rselo, a cambio de un m√≥dico precio, a un chaval franc√©s residente en Francia. Pero, ¬Ņy las portadas y las pegatinas? Oh s√≠, eso s√≠ que s√© hacerlo. ¬ŅEst√°is listos para la foto que os va a trasladar de nuevo a una tienda de videojuegos en 1989, la foto que os convencer√° de que haber le√≠do todos esos p√°rrafos de mierda anteriores ha valido la pena? All√° va.

Et voil√†! Cinco juegos nuevos para mi Master System, todos ellos editados entre 1986 y 1988, que jam√°s salieron de las fronteras del pa√≠s del sushi, nunca tuvieron este formato occidental, y que calmar√°n mi crisis de los treinta durante unos d√≠as hasta que se me ocurra el pr√≥ximo proyecto imb√©cil. Invert√≠ un gran n√ļmero de horas perdidas en tratar de dise√Īar estas portadas hasta el √ļltimo detalle para que se asemejaran en la mayor medida posible a c√≥mo habr√≠an sido si, en una realidad alternativa, hubieran aparecido en las tiendas espa√Īolas en 1988, y estoy seguro de que a mi novia le encant√≥ escuchar en repetidas ocasiones la frase “hoy no puedo quedar, que estoy a punto de terminar las portadas”. Sobre todo porque a esa frase le sol√≠a preceder todo el relato aburrido que acab√°is de leer. Y, aprovechando el famoso refr√°n popularizado por Albert Einstein que reza “a un relato aburrido siempre le sigue otro similar”, he aqu√≠ la explicaci√≥n detallada de los juegos que el destino nos neg√≥.

Fist of the North Star, basado en el famoso manga de nombre Hokuto no Ken sobre la vida y obra de un joven que hace explotar las cabezas de la gente que odia a base de pu√Īetazos, en realidad s√≠ apareci√≥ en occidente, renombrado como Black Belt y con un mont√≥n de gr√°ficos alterados. Seguro que lo record√°is, era aquel juego de un karateka en cuya portada hab√≠a una simb√≥lica pierna golpeando el aire con destreza. Pero comentaremos las carism√°ticas portadas minimalistas de la Master System europea y americana un poco m√°s adelante.

Hokuto no Ken es fiel a la historia del manga, supuestamente los enemigos resultar√°n familiares a la gente que lo haya le√≠do, gente entre la que yo no me cuento, y lo cierto es que me result√≥ bastante complicado traducir la descripci√≥n del juego utilizando un programa de reconocimiento de caracteres japoneses (ya que, como he especificado en alguna ocasi√≥n, mis conocimientos de japon√©s se limitan a decir sake y maki-sushi), y sobre todo conseguir que tuviera algo de sentido en ingl√©s y espa√Īol, puesto que no s√© qui√©n es King, qui√©n es Raoh, qui√©n es Yuria, qui√©n es Shin, y de qu√© va toda esta historia. Por supuesto, el resto de idiomas fueron facilitados en un minuto por Google Translate, con lo que seguramente no tengan ning√ļn sentido y suene como si lo hubiera escrito un indio con taparrabos de plumas de √°guila real. Tampoco estoy seguro de que la imagen que eleg√≠ tenga algo que ver con la parte de la historia alrededor de la cual transcurre el juego, pero me pareci√≥ que quedaba bastante guay.

No entiendo por qu√© Rygar jam√°s sali√≥ de las fronteras japonesas. Era una m√°quina recreativa de relativo √©xito creada por Tecmo, reprogramada para la ocasi√≥n por una compa√Ī√≠a llamada Salio. Lo cual es una paradoja porque, efectivamente, el juego de Salio nunca Sali√≥… sali√≥… oh dios, necesito terminar este art√≠culo ya.

En realidad, y obviamente, esta versi√≥n resultante es bastante m√°s cutre que la original, llegando incluso a ser algo aburrida. Pero el cat√°logo de la Master System estaba plagada de conversiones castradas de m√°quinas recreativas en las que un mont√≥n de cosas se hab√≠an quedado por el camino. Las cuales, no obstante, bajo mi perspectiva de ni√Īo con gafas y ch√°ndal con rodilleras, eran pr√°cticamente como tener la recreativa en el sal√≥n de mi casa, justo al lado de esas fotos enmarcadas avergonzantes de la comuni√≥n. As√≠ que no comprendo por qu√© este Rygar (o Argos No Juujikenokkon Pon, para ser m√°s etimol√≥gicamente exactos) no pudo haber sido un peque√Īo gran √©xito de la Master System.

Sukeban Deka II tiene uno de esos argumentos que tan solo pod√≠an proceder de Jap√≥n. Si lo he entendido bien, Saki es una especie de chica adolescente detective, que se infiltra de inc√≥gnito en un instituto, haci√©ndose pasar por una estudiante vulgar, corriente y con risilla de conejo m√°s, para investigar diversos asuntos que atormentan a sus compa√Īeros. Tiene un yo-yo muy sofisticado y, al parecer, fabricado con cemento armado, mediante el cual golpea a sus enemigos en todo el est√≥mago, dej√°ndolos inertes en el suelo y con lagrimillas en las comisuras de sus ojos. ¬ŅSe llama comisura a esa zona en la que comienza (o termina, seg√ļn se mire) el ojo, y donde suelen aparecer extra√Īas lega√Īas por la ma√Īana?

Desde un punto de vista de directivo de Sega USA a finales de los ochenta, puedo entender que este juego se descartara instant√°neamente para su aparici√≥n en el mercado occidental tras escuchar la sinopsis anterior. ¬ŅUna chica colegiala que lucha con un yo-yo, y que encima tiene dos compa√Īeras cuyas armas son unas canicas de mierda y una especie de coj√≠n rojo para las almorranas? ¬°Eso no va a tener ning√ļn √©xito entre los ni√Īos embrutecidos estadounidenses y europeos! No obstante, y pod√©is llamarme afeminado si lo dese√°is, aunque nunca he cre√≠do en la exclusividad de juegos y juguetes solo para ni√Īas o solo para ni√Īos, s√© que de peque√Īo habr√≠a pasado horas muertas jugando a Sukeban Deka II. Incluso hace unas semanas, una noche me puse a ver una pel√≠cula de Sukeban Deka que se edit√≥ en 1987 para ponerme en antecedentes, y lo cierto es que me gust√≥, aunque luego so√Ī√© que me crec√≠an yo-yos de las ingles, pero imagino que la culpa la tuvo el cerdo agridulce en cantidades hist√≥ricas que estuve cenando.
Algo reminiscente de aquel Spellcaster, tambi√©n para la Master System y que apareci√≥ con considerables modificaciones gr√°ficas fuera de Jap√≥n, el juego consiste en moverte de un sitio a otro, buscar pistas y hacer cosas muy poco intuitivas mediante men√ļs, intercalando estas partes est√°ticas con otras de acci√≥n y peleas realizadas de manera algo ortop√©dica. S√© que en 1988 habr√≠a pasado tardes y tardes jugando a esto pero, ahora que soy viejo y mi tiempo es escaso, probablemente no invierta m√°s de tres tardes en ello. Te maldigo, Sega, por no haberme dejado jugar a Sukeban Deka II cuando era peque√Īo.

Al contrario que con Sukeban Deka, s√© que habr√≠a detestado Story of Mio (o, si nos ponemos puristas, “Hoshi Wo Sagashite”) cuando era peque√Īo, e incluso es posible que hubiera chillado mis primeros tacos realmente malsonantes. Ahora, en cambio, me encanta. Se trata de una especie de aventura de texto, con im√°genes est√°ticas, en la que, mediante la selecci√≥n de acciones en un men√ļ, debes descubrir el secreto de una mascota que acabas de regalar a tu novia. Como eres un puto taca√Īo incapaz de abrir el pu√Īo y comprar unos pendientes o algo en condiciones, optas por llevarle un huevo del mercadillo m√°s cercano, del cual acaba emergiendo un extra√Īo ser similar a un oso amarillo, pero con grandes orejas y alas.

El juego tiene una ligera conexi√≥n con el cl√°sico Phantasy Star y, de haber aparecido por nuestras tierras en su momento, estoy convencido de que habr√≠a abarrotado las tiendas de segunda mano pocos a√Īos despu√©s a un precio rid√≠culo, para revalorizarse de nuevo hoy en d√≠a, cuando todo el mundo vender√≠a √≥rganos poco √ļtiles en el mercado negro para poder conseguirlo. Tal vez fuera una sabia decisi√≥n dejarlo para siempre sepultado en Jap√≥n. Durante una noche de insomnio, birra en mano, decid√≠ intentar llegar al final de una sentada, pero a los quince minutos ya estaba buscando la soluci√≥n en internet. El exceso de informaci√≥n de nuestros tiempos actuales est√° acabando con mi poder de perseverancia, el cual ya de por s√≠ tiene el tama√Īo de una aceituna.

Y, finalmente, el √ļltimo juego japon√©s de esta historia es el mundialmente desconocido Machine Gun Joe. Uno de los t√≠tulos pertenecientes a la primera hornada de la Mark III en Jap√≥n, tiene todo el regustillo de aquellos juegos primigenios como Ghost House, Teddy Boy, Transbot o My Hero. Un juego sin texto, el cual no comprendo por qu√© fue vetado a la hora de salir de Jap√≥n. Como la industria del videojuego occidental siempre ha utilizado argumentos algo imb√©ciles a la hora de censurar juegos, tal vez el √ļnico motivo fuera que sus protagonistas son seres humanos cabezones que se pegan tiros los unos a los otros y, con semejante dosis de crudo realismo, los ni√Īos podr√≠an tomar ejemplo y coger prestadas las pistolas de sus padres. Aunque en el juego tambi√©n aparece de vez en cuando una ara√Īa gigante, y eso ser√≠a m√°s complicado de encontrar en la vida real.

Para Machine Gun Joe, decid√≠ subir un pelda√Īo en la escalera de la creatividad, dejar de lado la car√°tula original japonesa (motivado tal vez porque no consegu√≠ localizar una imagen que no tuviera que ser vista con un microscopio de doscientos mil aumentos) y dibujarla yo mismo. Quer√≠a que tuviera el mismo aspecto que aquellos primeros juegos de la Master System, con sus famosas y siempre ridiculizadas car√°tulas que parec√≠an haber sido dibujadas por un ni√Īo de diez a√Īos. Ya sab√©is, esas ilustraciones minimalistas y bastante vergonzosas, en las que se mostraba esquem√°ticamente el argumento del juego, como si de un jerogl√≠fico se tratara, y que provocaban serias dudas acerca de si el dibujante realmente hab√≠a llegado a ver el juego en funcionamiento, o simplemente le hab√≠an dado unas pocas directrices por tel√©fono mientras la l√≠nea se entrecortaba durante una noche lluviosa de octubre. Si el juego iba de f√ļtbol, en la portada aparec√≠a una pierna con un bal√≥n. Si se llamaba Black Belt, se mostraba otra pierna dando una patada a la nada. En Ghost House sal√≠a un murci√©lago revoloteando. Y si trataba de lucha libre, como Pro Wrestling, el dibujo era un t√≠o luchador con su propia cabeza debajo del sobaco. En serio, buscadla, es as√≠ de inveros√≠mil.

¬ŅQu√© puedo decir? A m√≠ siempre me gustaron esas portadas de mierda. Manten√≠an una l√≠nea general de imagen y dise√Īo, una l√≠nea un poco rancia, pero una l√≠nea homog√©nea al fin y al cabo, y luego el juego era much√≠simo mejor que lo que promet√≠a la caja. En cambio, la Atari 2600 ten√≠a juegos con unas portadas incre√≠blemente detalladas pintadas sobre lienzo, y luego los juegos eran una amalgama de cuadrados, rayas, elipses que pretend√≠an ser submarinos, y sonidos similares a esos pedos ma√Īaneros que rezas por que nadie haya escuchado.

Dibujar una portada de Master System al estilo cl√°sico no es f√°cil. No puedes hacer un dibujo muy bueno, porque romper√≠a la hegemon√≠a con las otras portadas y desentonar√≠a demasiado. Y no puedes hacer un dibujo extremadamente horroroso porque, a pesar de la habitual broma de que esas portadas fueron hechas por un ni√Īo manco, es obvio que se ilustraron por gente que sab√≠a dibujar. Aunque fuera el m√°s bochornoso de sus encargos y luego decidieran no incluirlo en su dossier profesional, como aquel verano que trabajaste limpiando ba√Īos en un bar, pero luego lo obvias de tu curr√≠culum porque, a pesar de que te dio dinero, no deseas que se te recuerde por esa labor precisamente. De todas formas, creo que mi portada da el pego, y podr√≠a pasar perfectamente inadvertida entre el resto de juegos de su quinta. Yo lo habr√≠a comprado. ¬ŅVosotros lo habr√≠ais comprado? Yo s√≠, yo lo habr√≠a comprado, definitivamente. De hecho, habr√≠a comprado dos copias.

Al m√°s puro estilo de aquellos primeros juegos, cuyos textos en espa√Īol parec√≠an haber sido revisados por el mismo t√≠o que escribe carteles de “Oferta: Nanraja y Melotoc√≥n” en la fruter√≠a china de tu calle, decid√≠ incluir tambi√©n un par de erratas de mi propia cosecha, siempre buscando el realismo m√°s absoluto. Y, por supuesto, tratando al jugador de usted, como en los viejos tiempos. Siempre me hizo gracia eso. Aunque hoy en d√≠a, cuando alguien me trata de usted en una tienda, ya no me parece tan gracioso. ¬ŅEs que acaso tengo pinta de tener el m√°s m√≠nimo inter√©s en que me traten de usted? Joder.

Finalmente, dise√Ī√© este peque√Īo logotipo est√ļpido para, en el futuro m√°s lejano, cuando haya perdido la mayor parte de mi memoria, pueda identificar estos cinco juegos y asociarlos a aquella √©poca en la que cumpl√≠ mi sue√Īo de dise√Īar una portada de la Master System, e invert√≠ much√≠simas m√°s horas delante del ordenador, escribiendo sobre unos juegos muy viejos, haci√©ndoles car√°tulas, y aburri√©ndoos, que enfrente del televisor jugando con ellos.