Acabo de darme cuenta de que, hace exactamente un a√Īo, estaba regresando de mi viaje a Estados Unidos a bordo de un avi√≥n con el aire acondicionado impactando furiosamente a 2 grados de temperatura sobre mi maltrecha garganta, de vuelta al viejo continente y, m√°s concretamente, a mi dulce hogar ubicado en Espa√Īa. Para ser sincero, fue cuatro meses atr√°s cuando hizo exactamente un a√Īo que todo aquello estaba ocurriendo, no hoy, pero la sinceridad siempre suele conllevar comienzos de historias mucho m√°s carentes de impacto emocional. As√≠ que al diablo con la sinceridad.

Uno de mis mejores amigos de la infancia me invit√≥ a su boda, la cual iba a celebrarse en Los Angeles nada menos, as√≠ que la se√Īora Escal√≥n y yo decidimos hacer las maletas, introducir en ellas todo tipo de objetos inservibles, al menos en mi caso, e iniciar un periplo que nos habr√≠a de llevar por la lejana ciudad de San Francisco y la no menos distante ciudad gigantesca de Los Angeles. Lo cierto es que no s√© por qu√© jam√°s os llegu√© a contar nada acerca de este viaje. Tal vez fuera por la inmensa desidia que domina mi existencia a cada momento, o a lo mejor fue debido a que tem√≠ correr el riesgo de convertirme en un cuentaviajes impertinente. Ya sab√©is, esas parejas que regresan de un maldito viaje y te atrapan durante cuatro horas seguidas relat√°ndote que todo fue perfecto, y que fueron a los mejores sitios, y comieron los mejores manjares, y vivieron las mejores an√©cdotas, y conocieron a la mejor gente del pa√≠s, y un d√≠a se equivocaron de calle y pensaron por un momento que iban a terminar en el peor sitio del mundo, pero finalmente result√≥ ser el mejor, y que si un d√≠a decides hacer ese viaje que les avises porque te har√°n una lista de los mejores sitios a los que ir. No hay nada peor en este mundo que un cuentaviajes impertinente que te ense√Īa fotos de sus pies con una playa de fondo y un granizado de cualquier mierda c√≠trica a su vera, as√≠ que yo no deseo convertirme en uno. No voy a contaros los mejores lugares para expermientar viajando un crecimiento personal pleno. Voy a contaros los mejores lugares para jugar a m√°quinas recreativas en San Francisco y Los Angeles. O, al menos, dos de ellos.

En cuanto comenzamos a planificar el viaje con un par de meses de antelaci√≥n, confeccion√© una lista interminable que inclu√≠a los lugares imperdibles que deben ser visitados en cada destino. Tiendas de discos, recreativos, bares jevis, mercadillos semanales, ubicaciones que aparec√≠an en pel√≠culas horribles de los ochenta… en fin, lo b√°sico. Cuando present√© dicho listado ante los bellos ojos de mi sufrida novia, lo √ļnico que alcanz√≥ a musitar fue un “todo el viaje no va a ser as√≠, ¬Ņverdad?”. Se trataba de la cl√°sica pregunta que no acepta un s√≠ por respuesta, con lo que me vi obligado a tachar gran parte de los m√≠sticos lugares de mi lista. No me malinterpret√©is, a ella le gustan los sitios chorras como al que m√°s, pero tiene un l√≠mite, ese l√≠mite del cual yo carezco y que me permitir√≠a, por ejemplo, viajar al T√≠bet, pasar cinco d√≠as dentro de una tienda de vinilos sin salir ni para comer, y regresar a Espa√Īa sin ning√ļn tipo de remordimiento. Pero algunas selecciones no pod√≠an, bajo ning√ļn concepto, ser borradas de la lista.

San Francisco es un lugar con muchas cuestas. Cuesta arriba y cuesta abajo, continuamente y todo el rato. Para un esp√©cimen desentrenado como yo, que siente taquicardias tras corretear una distancia de tres metros para no perder el bus, San Francisco puede resultar realmente agotador. Pero entonces llegas a un parquecillo en las alturas y contemplas toda la ciudad desde tu posici√≥n tan elevada como privilegiada, y todo cobra sentido de nuevo. Y entonces piensas que el camino de vuelta es descendente y adem√°s culmina en Haight-Ashbury, la zona hippy pija por antonomasia, pero a trav√©s de cuyas calles deambulaban los miembros de Jefferson Airplane y The Grateful Dead hace medio siglo, guitarra en mano, flores en pelo, y sandalias ro√Īosas en pie. Estoy relatando una descripci√≥n est√ļpida de San Francisco a prop√≥sito para no parecer un cuentaviajes impertinente y porque, para leer una cr√≥nica correcta de lo que puede llegar a ofrecer San Francisco, siempre est√°n esos blogs de viajes que te cuentan que desayunar en Lori’s Diner es muy aut√©ntico y muy cincuentas y las camareras son como en las pel√≠culas y te rellenan el caf√© y creo que te llaman cari√Īo pero no estoy seguro porque no lo entend√≠ bien pero quiero pensar que s√≠.

En definitiva, San Francisco es una ciudad muy guay, y la √ļnica pega que podr√≠a argumentar en su contra tras nuestra estancia es que el hotel en el que nos aloj√°bamos hed√≠a como si alguien hubiera mezclado a partes iguales orina y curry dentro de un pulverizador y, posteriormente, se hubiera dedicado durante un d√≠a entero a rociar todas y cada una de sus paredes y suelos. Tampoco me sent√≠ del todo c√≥modo cuando una se√Īora con un n√ļmero reducido de dientes dentro de su boca, que acarreaba con algunas dificultades un extra√Īo carrito rojo, me ofreci√≥ a plena luz del d√≠a una felaci√≥n por un d√≥lar. You want a blowjob for a dollar? Me pregunt√≥. For a dollar! No soy muy experto en felaciones retribuidas, pero un d√≥lar, y m√°s a√ļn al cambio de hace un a√Īo, me result√≥ extremadamente barato. No supe si sentirme halagado, afortunado, sucio, ofendido o inquieto, con lo que opt√© por contestar “no thank you” y simplemente sentirme inc√≥modo.

La se√Īora homeless del blowjob econ√≥mico no era precisamente un caso aislado en la gran ciudad de San Francisco, ni mucho menos. Tal como pudimos comprobar, existen determinadas √°reas de la ciudad con una superpoblaci√≥n impresionante de ciudadanos sin hogar, eminentemente afroamericanos, mellados y portadores de bolsas de papel conteniendo botellas de bebidas espirituosas. No me refiero a tres o cuatro personas con zapatos ro√≠dos y ojos entrecerrados rodeando el cl√°sico bid√≥n en llamas de las pel√≠culas, no. Me refiero a verdaderas hordas de habitantes sin hogar agolpados en la acera de tal manera que resultaba complicado divisar el final de la misma. Y cuando dije “√°reas de la ciudad”, estaba utilizando incorrectamente el t√©rmino, ya que pod√≠as estar caminando por una calle c√©ntrica, normal y corriente, llena de luz y gente con dentaduras completas, doblar la esquina, y verte inmerso repentinamente en una calle con decenas de mendigos chill√°ndose unos a otros y aroma a pis y vinarro. Nuestro hotel, por supuesto, estaba situado en el centro neur√°lgico de una de esas calles horribles.

Aunque no soy el colmo de la valent√≠a humana, normalmente tampoco soy un t√≠o extremadamente acojonado durante los viajes. Sin ser Willy Fog, lo cierto es que he visitado un gran n√ļmero de destinos y, a pesar de haberme visto envuelto en situaciones inesperadas, extraviado por disponer de un maldito sentido de la orientaci√≥n ubicado en lo m√°s profundo de mi ano, nunca he sentido nada parecido al terror. Pero cuando, poco despu√©s de aterrizar en San Francisco, preguntamos a una inmensa se√Īora trabajadora del metro por la mejor manera de llegar hasta nuestro hotel, y nos recomend√≥ con horror que cogi√©ramos un taxi porque ella no se atrev√≠a a transitar por esa calle ni siquiera de d√≠a, debo reconocer que cierto nerviosismo transmutado en p√°nico se apoder√≥ de todo mi ser. Finalmente, la situaci√≥n no era tan terrible. Simplemente consist√≠a en, cada vez que necesitabas alcanzar tu hotel para pasar la noche, desfilar a trav√©s de algunas aceras repletas de gente grit√°ndose consignas del tipo “I’m gonna fucking kill you motherfucking son of a fuck”, los cuales solo se dirig√≠an a ti de vez en cuando para pedirte un cigarro, una moneda, ambas cosas, u otras indeterminadas que ni siquiera mi holgado nivel de ingl√©s me permit√≠a entender, pero que se solucionaban igualmente con un cort√©s “no, sorry”.

Cierto día, poco antes de visitar Alcatraz, y tras una caminata que jamás me creí capaz de llevar a cabo con mis dos pies, equivalente a la cantidad de metros que suelo recorrer durante un mes en mi vida cotidiana, llegó el momento de visitar el Musée Mécanique. Ubicado en el puerto de San Francisco, se trata de, efectivamente, un museo dedicado a las máquinas recreativas. Pero no estamos hablando de máquinas con el Pang y el Double Dragon, sino de una impresionante colección de artilugios, funcionales a base de monedas, que datan desde principios del siglo XX.

Con entrada gratuita, y situado en pleno paseo mar√≠timo, el Mus√©e M√©canique result√≥ ser un aut√©ntico oasis para nosotros. En la foto anterior, jugando al cl√°sico Pole Position de Atari en una partida que me dur√≥ 90 raqu√≠ticos segundos porque soy jodidamente nefasto en los juegos de carreras, llevo puesta la capucha pero no para adquirir aspecto de t√≠o peligroso. Sino porque estaba aut√©nticamente aterido de fr√≠o y me habr√≠a puesto encima un poncho de lana virgen si hubiera estado en mis manos. California, finales de mayo… el clima ha de ser t√≥rrido y el 67% de los viandantes tienen que ser risue√Īas chicas rubias en patines y shorts, ¬Ņno es as√≠? No es as√≠. O, al menos, no fue as√≠ el a√Īo pasado. Un g√©lido viento que no se deten√≠a nunca y que no ten√≠a nada que envidiar al c√©lebre cierzo zaragozano hab√≠a invadido nuestros cuellos y cabezas durante un largo d√≠a de deambular por barrios de etnias chinas e italianas, entre otras, y lo cierto es que no dese√°bamos otra cosa en el mundo que no fueran varias paredes unidas bajo un techo.

El Mus√©e M√©canique no es una sala de recreativos a la vieja usanza, con su inquietante se√Īor cincuent√≥n malhumorado que te da cambio con algo de desd√©n en monedas de veinticinco pesetas, sus adolescentes en proceso de descarrilamiento existencial fumando en la puerta, o sus chavales con bigotillo incipiente que te solicitan una moneda bajo amenaza de rebuscar en tus bolsillos y apoderarse de todo su preciado contenido. No, el Mus√©e es una especie de sala de exposiciones llena de m√°quinas que datan desde el a√Īo de la zambomba hasta pr√°cticamente nuestros d√≠as, con la salvedad de que absolutamente todo lo que tenga una ranura para insertar monedas ha sido restaurado y se encuentra en una situaci√≥n plenamente funcional. Ya s√© que escribir que las m√°quinas m√°s antiguas fueron construidas en “el a√Īo de la zambomba” es una informaci√≥n muy vaga y denota una labor de documentaci√≥n por mi parte bastante escasa, pero seguro que viendo las fotos que acompa√Īan a este art√≠culo pod√©is haceros una idea de la antig√ľedad.

As√≠, pudimos palpar en primera persona una serie de ingenios mec√°nicos de la √©poca oscura del entretenimiento fuera de casa. Una √©poca que, por supuesto, yo no conoc√≠, y que tampoco desear√≠a haber conocido, ya que hoy ser√≠a mucho m√°s anciano de lo que ya lamento ser. M√°quinas con aut√≥matas tallados a mano introducidos dentro, con tem√°ticas entre lo diverso, lo esot√©rico y lo cotidiano, que reaccionaban a la inserci√≥n de las monedas realizando alg√ļn tipo de movimiento. Un mago que te daba la mano y revelaba que eras homosexual, una anciana se√Īora que vaticinaba tu futuro m√°s inmediato, un canoso ebrio que escanciaba sin parar cervecica en un vaso infinito, un beb√© llor√≥n, un panadero condenado a hornear pan sin cesar… todos ellos incre√≠blemente detallados, y todos ellos ABSOLUTAMENTE SINIESTROS Y SOBRECOGEDORES.

En serio, llamadme irrespetuoso con la tecnolog√≠a mec√°nica de √©pocas pret√©ritas, pero cuando era peque√Īo y jugaba al Double Dragon en los recreativos, luego llegaba a mi casa y so√Īaba con apalear a pandilleros con camiseta de tirantes y salvar a mi novia de terminar sus d√≠as encadenada a una gr√ļa. En cambio, si hubiera sido un ni√Īo en 1946, y una horrible abuela de madera me hubiera le√≠do la fortuna, mir√°ndome fijamente con sus truculentos ojos de cristal, probablemente me habr√≠a convertido algunos a√Īos despu√©s en un pandillero con camiseta de tirantes y complejo de Edipo. Los aut√≥matas siempre han sido relativamente inquietantes, pero algunos de los que poblaban el Mus√©e M√©canique realmente se llevaban la palma del desasosiego. √önicamente Zoltar, el adivino hind√ļ popularizado por la pel√≠cula Big de 1988, no provocaba intranquilidad al mirarle la cara. Tal vez por ser ya un viejo conocido a base de haber visto dicha pel√≠cula setenta y seis veces a lo largo de mi vida, o por la esperanza de que, tal como hizo con Tom Hanks en 1988, sea capaz de conseguir llevarme hasta mis 30 a√Īos, lo cual, dado que ya los cumpl√≠ hace algunas cuantas lunas, ser√≠a m√°s bien una bendici√≥n que una intensa problem√°tica tal como se narra en la pel√≠cula.

Aparte de aut√≥matas que no desear√≠a situar alrededor de mi cama en las noches de invierno, en el Mus√©e M√©canique hab√≠a un poco de todo. M√°quinas de pulsos, pinballs de varias √©pocas, sacos de boxeo de esos en los que, para no quedar en evidencia ante desconocidos, golpeas tan fuerte que te duele la mano para el resto del d√≠a y te quedas serio y de mal humor, y por supuesto una selecci√≥n de m√°quinas recreativas que inclu√≠an cl√°sicos ancestrales como Millipede y Ms. Pac-Man, as√≠ como cl√°sicos un poco menos ancestrales pero ya ancestrales por m√©ritos propios como Sunset Riders, Spy Hunter o el mencionado anteriormente Pole Position. Por alguna extra√Īa raz√≥n, estaba convencido de que en el Mus√©e M√©canique habr√≠a una m√°quina de Out Run, probablemente mi juego favorito de recreativa de todos los tiempos pero, tras buscarlo por todos los rincones, llegu√© a la desoladora conclusi√≥n de que mis poderes intuitivos hab√≠an fracasado una vez m√°s y, efectivamente, no hab√≠a ning√ļn maldito Out Run. Al tratarse de mi √ļnica pega con respecto al lugar, aprovech√© para plasmarla en un libro de visitas que hab√≠a instalado en la puerta principal, tal como se puede apreciar en la siguiente imagen. Qui√©n sabe, tal vez cuando regrese a San Francisco en el a√Īo 2067 s√≠ haya una m√°quina de Out Run.

Algunos d√≠as m√°s tarde, nos encaminamos v√≠a aeroplano a Los Angeles, √°rea final de nuestro periplo, y ubicaci√≥n en la que iba a tener lugar la boda de mi amigo de la infancia. ¬ŅQu√© se puede contar de Los Angeles que no haya sido narrado ya una y mil veces? Los Angeles es absolutamente enorme, y de una zona a otra existen tantos cientos de kil√≥metros de separaci√≥n, que se pierde la sensaci√≥n de estar en una ciudad propiamente dicha como San Francisco, dando m√°s la impresi√≥n de tratarse de una cuantas ciudades peque√Īitas y muy distintas, que da la casualidad de que forman parte de un todo. Carecer de carnet de conducir, el cual era (y es) nuestro caso puesto que somos unos fracasados de la pedagog√≠a automovil√≠stica, dificulta bastante la ardua tarea de trasladarse con √©xito a trav√©s de Los Angeles pero, gracias al transporte p√ļblico y a preguntar sobre la ubicaci√≥n de los lugares de manera incesante a diversos viandantes y obesas conductoras de autob√ļs, qued√≥ absolutamente patente que puede visitarse Los Angeles sin un maldito coche y llegar a todas partes con √©xito. No obstante, realizar un trayecto en autob√ļs de dos horas y media para llegar a la playa, atravesando el interminable Santa Monica Boulevard, corriendo el riesgo en cada parada de que subiera un entra√Īable homeless y se sentara a tu vera hediendo a pis mezclado con mierda reseca y chillando en tu o√≠do, es una experiencia que solo recomiendo a la gente realmente paciente.

En Hollywood hay cientos de personas a todas horas haci√©ndose fotos con estrellas de sus actores favoritos en el suelo del Paseo de la Fama para luego publicarlas en Facebook como todo bicho viviente, c√≥micos amateur que tratan de venderte DVDs de sus actuaciones e imitan la risilla de Eddie Murphy para ti a cambio de un par de d√≥lares, o de ning√ļn dolar si eres un desgraciado avaro como yo y escurres el bulto en cuanto la risa ha terminado, hay t√≠os con disfraces sucios de Spiderman que intentan hacerse una foto contigo a cambio de otro par de d√≥lares y, b√°sicamente, hay un mont√≥n de gente dispuesta a hacer cosas a cambio de tus d√≥lares. Aunque algo me sorprendi√≥ de manera ins√≥lita, y fue el grado de adoraci√≥n hacia la camiseta de Critters que decid√≠ ponerme ese d√≠a. Cada cien metros recorridos, un ser an√≥nimo me paraba para decirme frases del tipo “nice shirt man” o “great movie man”. Es muy probable que tan solo lo dijeran para que yo, crecido ante el nivel de adulaci√≥n, les ofreciera un par de d√≥lares, pero me result√≥ incre√≠blemente curioso que la pel√≠cula por la que he recibido tantas miradas de incredulidad en mi Espa√Īa natal al exponer que la veo como m√≠nimo una vez al a√Īo porque me encanta, recibiera semejantes alabanzas en Los Fucking Angeles.

Amoeba Music, aunque ya hab√≠a visitado algunos d√≠as atr√°s su suscursal de San Francisco, era uno de los puntos √°lgidos del viaje a Los Angeles. Que le jodan al Teatro Chino y al signo de Hollywood en el Parque Griffith, ya habr√° tiempo para eso, puesto que el tiempo se detuvo en cuanto franque√© las puertas de la tienda m√°s gigantesca de discos que probablemente visitar√© en mi vida. Mi novia no es muy mel√≥mana, as√≠ que en cuanto vio que, con los ojos en blanco y algo de saliva resbalando por la comisura, me encaminaba con brazos extendidos hacia una secci√≥n de la tienda con varios miles de discos de vinilo, me comunic√≥ que se iba a explorar la ciudad y volver√≠a a por m√≠ pasadas tres horas. Cuando hab√≠an transcurrido lo que a m√≠ me parecieron quince minutos, ella apareci√≥ de nuevo, extra√Īada ante el hecho de que, al parecer, me hab√≠a encontrado en el mismo lugar exacto en el que me hab√≠a abandonado. Lo que ella desconoc√≠a era que, durante esas tres horas o quince minutos, me hab√≠a dado tiempo a dar una vuelta a toda la tienda, comprar los √ļltimos discos de Against Me! y Carcass, as√≠ como otras mil mierdas, y preguntar a las cajeras acerca de la ubicaci√≥n del afamado Sunset Strip.

Para los ne√≥fitos en rock ochentero, el Sunset Strip era la callejuela de Los Angeles convertida en meca del rock mundial, datando sus inicios a finales de los sesenta, pero teniendo su absoluta explosi√≥n a mediados de los ochenta. Seg√ļn cuentan las leyendas, transitar cualquier d√≠a por el Sunset Strip en 1986 consist√≠a en lidiar con una marabunta de t√≠as en minifalda y botas de cowboy, t√≠os con maquillaje y pelos cardados ofreci√©ndote flyers para que acudieras al concierto de su grupo de mierda llamado Syxx Fixx o Krazee Cherriii o Bang Smakking Sikk Lipp, mientras que si, despu√©s de cenar en el Rainbow Bar & Grill entrabas en cualquiera de sus locales de conciertos como The Whisky, The Coconut Teaszer, The Roxy, Troubadour, Gazzari’s o The Cathouse, pod√≠as encontrar en el escenario desde unos primigenios Guns N’ Roses hasta unos semi-veteranos M√∂tley Cr√ľe, todo ello en la misma noche.

A principios de los noventa, el Sunset Strip comenz√≥ una etapa de absoluta decadencia y en muy poco tiempo dej√≥ de ser la zona cool por antonomasia para transmutar poco a poco en un lugar para nost√°lgicos y trasnochados. Hoy en d√≠a, con multitud de locales hist√≥ricos cerrados y desaparecidos para siempre, el Sunset Strip es el lugar para ir si, como yo, creciste leyendo en la revista Kerrang esas historias locas de cuando Tommy Lee recib√≠a felaciones a diestro y siniestro en el reservado del Roxy. O si quieres presenciar un concierto de siete grupos horribles en el Whisky A Go-Go. O si quieres cenar una de las mejores hamburguesas de la historia, y eso no es sarcasmo sino la pura verdad, en el Rainbow Bar & Grill, sentado en la misma zona donde se grab√≥ el aburrido v√≠deo November Rain de Guns N’ Roses y en la banqueta sobre la cual tal vez Slash organiz√≥ un concurso de eructos y perdi√≥. La cajera de Amoeba Music a la que pregunt√© c√≥mo llegar al Sunset Strip me observ√≥ con mirada condescendiente, como pensando “pobrecico, otro iluso que pretende emborracharse con Nikki Sixx”, inconsciente de que yo ya estaba preparado, y ya sab√≠a que el Sunset Strip de hoy no es el de 1984.

¬ŅA qu√© ven√≠a todo eso? Oh s√≠, recreativos. Muy cerca de nuestro hotel, el cual era perfecto en comparaci√≥n con el de San Francisco, y con la √ļnica salvedad de una especie de bola de pelo del tama√Īo de un caniche peque√Īo que entorpec√≠a el paso del agua en la ducha, y que fue amablemente retirada por un se√Īor de mantenimiento a los tres minutos de recibir nuestra queja, se ubicaba un sal√≥n recreativo que al parecer llevaba abierto desde 1971. ¬ŅPor qu√© tanta obsesi√≥n con los salones recreativos?, preguntar√©is. Los ancianos del lugar ya lo sab√©is, pero los m√°s j√≥venes deb√©is saber que, en mis tiempos, las m√°quinas recreativas ten√≠an una presencia realmente dominante, tanto en nuestras vidas como f√≠sicamente.

Los salones recreativos, de los cuales hab√≠a un m√≠nimo de diez en cada ciudad de tama√Īo razonable, eran los lugares a los que acudir religiosamente para jugar a juegos de cuya calidad jam√°s (o eso cre√≠amos) llegar√≠amos a ver nada similar en nuestros hogares, para mirar c√≥mo jugaban otras personas si no ten√≠amos dinero, o para directamente tocar los cojones a ni√Īos m√°s indefensos y pedirles monedas. Pero, por si eso no era suficiente, resulta que en cada bar hab√≠a un m√≠nimo de una m√°quina recreativa, llegando algunos bares a tener hasta tres de ellas. Las recreativas eran un negocio muy rentable, y a m√≠ me ten√≠an absolutamente obsesionado. Tanto, que ahora mismo podr√≠a deciros qu√© m√°quinas hab√≠a en los bares colindantes a la casa en la que viv√≠a con mis padres en la √©poca de mayor apogeo de los recreativos, antes de nuestra √ļltima mudanza. En la esquina hab√≠a un bar con el Shinobi, cerca del portal hab√≠a otro con el Gun.Smoke, aquel de cowboys que era m√°s complicado que hacer los macarrones justos para una persona, y un poco m√°s all√° hab√≠a un bar m√°s oscuro con una mezcla de olores entre tabacuzo y calamares que ten√≠a el Rastan Saga II. Podr√≠a estar invent√°ndome todo √©sto en este preciso momento, pero lo triste es que no, lo recuerdo vivamente y todav√≠a sue√Īo, cada vez que paso por esa calle, con poder entrar en uno de esos bares para jugar al Shinobi y fracasar como siempre en aquella fase horrible de bonus que consist√≠a en disparar a ninjas.

Como bien sab√©is, cuando las consolas dom√©sticas alcanzaron en prestaciones t√©cnicas a las m√°quinas recreativas, y ya no ten√≠a ning√ļn sentido acudir a esos antros plenos de suciedad, ro√Īa y m√ļsica horrible, para tocar botones con varias capas superpuestas de ADN ajeno, portador de enfermedades en estado de mutaci√≥n y desarrollo, los salones recreativos desaparecieron de un plumazo, mientras que las m√°quinas de los bares fueron reemplazadas por otras muy aburridas, de pantalla t√°ctil y juegos como el Trivial y el Ahorcado.
Por eso, cualquier oportunidad de revivir tiempos pasados te√≥ricamente m√°s felices, a base de visitar lugares ya extintos, pero con la capacidad potencial de evocar sensaciones remotamente similares a las que se experimentaban en los mencionados tiempos pasados, no debe ser desaprovechada por cualquier maldito nost√°lgico est√ļpido como yo, incluso si para ello es necesario viajar hasta Los Angeles.

Con la emoci√≥n del momento, olvid√© hacer una foto a la puerta principal de Family Amusement Corporation, los recreativos m√°s enormes y longevos todav√≠a en funcionamiento de la zona de Los Angeles. A cambio, os muestro una foto de este entra√Īable gimnasio de artes marciales que encontramos de camino hacia all√≠. IJO IJA. Seguro que entras a preguntar si el nombre del gimnasio viene de los grititos gen√©ricos que salen en todas las pel√≠culas de karatekas, y recibes m√°s tortazos que Ralph Macchio al comienzo de Karate Kid.

Ah, √©sto s√≠ que huele a recreativos cl√°sicos. Family Amusement Corporation es simplemente eso, una sala de recreativos gigantesca, con m√°quinas nuevas, otras m√°s viejas, una enorme zona de pinballs, mugre en los botones, poca luz, m√ļsica mala, gente jugando, y todo el saborcillo a√Īejo de un negocio que ya hace tiempo que dej√≥ de existir porque los tiempos cambiaron. Mi intenci√≥n realmente no era pasarme la tarde jugando a m√°quinas que hoy en d√≠a me s√© de memoria gracias a los emuladores. El aut√©ntico objetivo de la visita era volver a hacer algo que, por mucho que se desee, ya no es posible hacer. Algo tan sencillo como entrar en unos recreativos de la vieja escuela, y algo que sol√≠a hacer todos los s√°bados cuando ten√≠a 10 a√Īos y que era tan com√ļn y habitual que llegu√© a pensar que se convertir√≠a en una rutina eterna.

Durante nuestra visita jugamos un poco al Kung Fu Master y a The Simpsons en un monitor extremadamente requemado por el paso de los a√Īos. Todav√≠a recuerdo cuando ese juego lleg√≥ a los recreativos, en pleno auge de popularidad de la serie. Tal vez por eso, y porque pod√≠an jugar cuatro personas simult√°neamente, recuerdo que la partida costaba cien malditas pesetas, cuatro veces m√°s que en cualquier otra m√°quina normal. Hace algunos meses intent√© pasarme el juego con un colega, utilizando cr√©ditos infinitos, y el proceso nos result√≥ altamente tedioso a partir de la tercera fase, tanto que opt√°bamos por estar hablando y bebiendo birra mirando hacia otro lado, mientras aporre√°bamos los botones sin ning√ļn inter√©s. Si en 1991 me hubieran dicho que en el a√Īo 2015 iba a poder jugar a la recreativa de los Simpson con partidas infinitas, seguramente la cabeza me habr√≠a explotado en un festival de luz, color y confetti fluorescente. C√≥mo cambian los tiempos.

En un momento dado, un se√Īor con gre√Īas, barba y gorra hacia atr√°s, cuyo cuerpo se asemejaba a un globo aerost√°tico de vigilancia militar, se acerc√≥ a decirnos que no estaba permitido hacer fotos en el lugar. Puesto que no parec√≠a recomendable discutir tal apreciaci√≥n, solo me dio tiempo a hacer a lo traicionero unas pocas fotos que, estaba seguro, utilizar√≠a para esta web en alg√ļn momento, tal vez casi a√Īo y medio m√°s tarde.

Por supuesto, el viaje no consisit√≥ √ļnicamente en buscar recreativos y mirar vinilos. Hubo m√°s, mucho m√°s. Pero todo ello entra ya en el complicado subconjunto de an√©cdotas que solo te hacen gracia a ti, y tus amigos toleran con semblante serio durante un rato mientras que en su interior est√°n deseando que te calles y te largues a casa. As√≠ que el resto del viaje lo reservo para cuando me invit√©is a merendar a vuestros hogares. Hoy os dejo con esta cr√≥nica que nadie esperar√≠a tras un viaje por California. S√© que no soy el √ļnico imb√©cil que recuerda perfectamente qu√© m√°quinas hab√≠a en los bares de su antigua calle, que pas√≥ interminables horas de su infancia y pubertad dentro de unos recreativos soportando a ni√Īos desconocidos que se le colocaban al lado para preguntar “¬Ņte paso al malo?”, que sinti√≥ una uni√≥n inquebrantable con su mejor amigo al terminarse juntos el Golden Axe y que, en definitiva, ofrecer√≠a gran parte de su inexistente fortuna para poder bajar ahora mismo a la calle con el bolsillo lleno de monedas y encontrarse un gran sal√≥n recreativo con todos sus viejos juegos favoritos, y todos sus viejos amigos perdidos a lo largo del tiempo.