El pasado fin de semana estaba resultando ser uno de esos fines de semana de agosto en los que la ciudad está muy vacía, los planes tienen aspecto de ser un poco vacíos, e incluso el vacío está vacío. El viernes por la noche, para celebrar que era viernes por la noche y que me aguardaban siete días de vacaciones por delante, y debido a la euforia que ese tipo de acontecimientos provocan, pero que tan rápido desaparece cuando los días que quedan de vacaciones son sólo dos, salí a tomar unos vodkas con cola como si el mañana jamás fuera a aparecer por el horizonte. En el bar en cuestión había gente que pedía canciones de Creed, y camareros que exteriorizaban su excitación de una forma tal vez demasiado exagerada al escuchar canciones de grupos nu-metal que creía muertos y olvidados. Odio a Creed y a la gente que exterioriza su éxtasis de forma forzada a ritmo de grupos que no me gustan, pero realmente no tengo derecho a hacer nada al respecto excepto almacenarlo en mi interior y dejar que me provoque gases y úlceras.

Un rato antes, en la terracilla de otro bar en la que tomábamos pacíficamente unas birras pre-vodka y pre-whisky, una expresidiaria ukraniana opinó que yo aparentaba tener 38 años, y que incluso su padre, no me quedó claro si actualmente o cuando tenía la edad que yo supuestamente aparento, parecía más joven. Ahora bien, todavía me faltan unos cuantos años para tener 38 y, sinceramente, no creo aparentarlos. Por supuesto, y por culpa de aquel maldito pacto con el diablo para conseguir la eterna juventud, el cual salió mal porque pensé que daría igual agregar al caldero sangre de virgen que sangría, no puedo pretender seguir teniendo 17 años toda mi vida, pero juraría que no aparento 38 ni tengo pinta de ser más viejo que el padre la chica ukraniana. La cual, por cierto, sospecho que simplemente se estaba vengando porque justo antes le había dicho que ella aparentaba 30, cuando al parecer sólo tenía 29, a pesar de que su aspecto era de tener 45 y lo de 30 lo dije por mera cortesía. Maldita sea, es tanta confusión con los números la consecuencia de haber estudiado letras mixtas?

El sábado tenía una ligera resaquilla debida a los anteriormente comentados vodkas con cola, y aparte todavía me quedaba un amargo resquemor por el tema de los 38 años, así que decidí levantarme a la hora de comer e invertir el resto del día en ver unas cuantas películas de zombies que tenía en la recámara especial para esta clase de días, las cuales resultaron ser un puto asco porque, en una de ellas, los zombies sabían llamar al timbre y nadar en una piscina, lo cual me resultó realmente estúpido. Casi tan estúpido como estaba siendo ese fin de semana de agosto. Como el domingo no tenía resaca, ni nada en absoluto que hacer al día siguiente, me sentía activo cual langostino en una playa con bandera amarilla, y tomé la resolución de emerger de la cama antes de las 11 y dar una vuelta por el rastro para sentirme por una vez como una persona normal que se levanta los domingos y da vueltas por sitios. En el rastro de Zaragoza se venden bodrios y mierdas a partes iguales y, al parecer, en el mes de agosto estos bodrios y mierdas se convierten en una realidad que supera a la ficción con creces. Pero, cuando ya estaba a punto de salir huyendo porque un tipo no dejaba de sacarme cajas y cajas llenas de películas mugrientas de una furgoneta para que las viera y posteriormente comprara, porque había cometido el craso error de tocar una de ellas con expresión mínimamente interesada, lo vi en la lejanía.

La lata de Budweiser está colocada simplemente como referencia y luego la volví a introducir en la nevera, pero ¿habéis visto eso? ¡Un enorme cuadro de madera de RoboCop! 97 fabulosos centímetros de altura y misticismo con la portada de una de las películas que guardo en mi pequeño corazón con gran estima, porque es de las que menos vergüenza me supone declarar que forma parte de mi top ten de películas favoritas, ya que las nueve restantes sí son realmente degradantes. Y, lo mejor de todo, a un fabuloso precio de 8 euros los cuales, tras el obligado regateo, se vieron reducidos a también 8 euros, porque regateo como el puto culo y no sería capaz de hacerlo bien ni aunque mis uñas de los pies estuvieran en juego.

Ignoro su procedencia, y tan solo sé que se trata de un cartel de la película de RoboCop, semiplastificado y adherido a un armazón de madera pintada de negro, con un resultado absolutamente magnificente y que dará un aspecto imponente en mi nuevo hogar, al cual ya dije hace unos meses que me mudaba, cosa que aún no ha ocurrido, pero para la que faltan escasamente dos meses. ¿Pertenecería a un cine extinto? ¿Al hogar de un entusiasta del cine y con buen gusto? O, mejor incluso, ¿a un videoclub de cuyas cenizas sólo yo poseo ahora el último vestigio? El señor que lo vendía tampoco tenía ni idea de su origen, pero me comentó, en parte para hacer fracasar mis inútiles estrategias de regateo, que la semana anterior había vendido uno exactamente igual que ese y otro de los Beatles, a diez euros cada uno. Muy pocas veces tengo la posibilidad de escuchar las palabras RoboCop y Beatles en la misma frase, así que se me antojó como un motivo más que de peso para pagarle 8 euros, e incluso más si hubiera querido. Gracias a dios, no quiso.

Si tenéis la oportunidad, no puedo más que recomendar a todo el mundo que, antes de morir, realice un trayecto de vuelta a casa en autobús urbano acarreando un cartel gigante de RoboCop. Debería ser un requisito más en esa clásica lista de tareas a llevar a cabo durante la vida, que incluyen tener un hijo, escribir un libro y plantar un pino. Ahora mismo no recuerdo si explícitamente debía tratarse de un pino o cualquier árbol servía. Durante mi viaje, cambié varias veces de opinión con respecto a los pensamientos internos de la gente que me observaba silenciosa. A ratos, estaba convencido de que pensaban “mira a ese tipo tan carismático con su cartel de RoboCop, daría cualquier cosa por ser como él”. En otras ocasiones, me horrorizaba pensar que la frase era “mira a ese perdedor con el cartel de mierda de una película que está más anticuada que lamer las tapas de los yogures”. En otros momentos, los peores, temía que ni siquiera nadie se estuviera fijando en mí. Porque, ya sabéis, lo importante es dejar cualquier tipo de huella, ya sea buena o mala, creo que era el slogan de una marca de whisky. RoboCop dejó una huella en mí este fin de semana, estaba ahí para recordarme que los fines de semana de agosto pueden no ser tan insípidos como pueden parecer a simple vista. Aunque una expresidiara ukraniana opine que aparento 38 años, incluso más de los que tiene RoboCop, que son tan sólo 24. ¿Cómo es posible aparentar más edad que RoboCop, por el amor de dios?