El otro día acudimos a una especie de evento relacionado con el coleccionismo, los juguetes del año de la cachiporra y los armarios llenos de objetos que no sirven para, en principio, nada, y que tratas de ocultar sin éxito de las visitas cuando organizas cenas en tu casa, porque no todo el mundo comprende ni aprueba que gastes el dinero ganado con el sudor de tu frente en figuras de señores forzudos con espadas y poderes especiales. Para ello, tuve que mover mi perezoso culo de la silla sobre la que estaba cómodamente asentado, tras una de esas noches extrañas en las que un mísero cubata y cinco cervezas de diversa graduación te provocan una sensación al día siguiente que no alcanza la denominación de resaca, pero tampoco se asemeja al bienestar.

Nada más acceder al recinto, descubrimos con terror que nuestras expectativas no tenían ninguna pinta de terminar satisfechas, ya que la totalidad de los objetos expuestos podía verse completamente en tres minutos, el noventa por ciento de dichos objetos eran animales de Playmobil, y lo más destacable era la reedición del juego de mesa Imperio Cobra que apareció a finales del año pasado por 25 euros, mientras que todavía se puede encontrar en las tiendas por 15. Pero cuando ya todo estaba perdido, y nos disponíamos a dirigir nuestros pasos hacia ningún lugar, porque era tarde para comer, pronto para cenar, tarde para ir al cine, y pronto para irse a dormir, vi algo que llamó poderosamente mi precaria atención.

Robocop. Habría identificado su reluciente armadura azulada aunque estuviera sepultado bajo cinco Imperios Cobra a precio excesivo, y llevara puestas una de esas gafas desagradables con ojos pre-dibujados. Recordaba haber visto esta misma figura años atrás en internet, pero jamás pensé que fuera a encontrarla así, de repente y en persona o, como dicen en las regiones angloparlantes, “in the wild”.

A pesar de que podría parecer a simple vista una de esas figuras “para coleccionistas adultos” que se venden en tiendas de cómics a cambio de varias decenas de unidades monetarias, en realidad este Robocop de treinta imponentes centímetros de altura está fabricado en plástico rígido y se trata, nada más y nada menos, que de un bote de colonia. Y, ¿sabéis cuáles son las buenas noticias? El bote es completamente nuevo, incluye la etiqueta, y… todavía contiene la colonia en cuestión.

El vendedor me advirtió, no obstante, que el líquido llevaba dentro del cuerpecín de Robocop más de veinte años, y podría no estar en condiciones de ser utilizada con éxito, haciendo añicos de golpe todas mis expectativas de oler realmente bien a partir de entonces. No en vano, ya comenzaba a arrepentirme de estar emparejado, puesto que, nada más entrar en un bar perfumado con esta colonia, seguro que todas las hembras se abalanzarían hacia mi cuello como un perro hacia una mortadela con aceitunas. Estoy bromeando. La colonia de Robocop es una de esas fragancias genéricas para niño, la misma exactamente que aún hoy en día se sigue fabricando y comercializando dentro de botes con formas de personajes actuales con los que no estoy familiarizado pero, eso sí, con un regusto a ranciedad provocado por el paso de esos veintitantos años, del cual ya me advirtió sabiamente el vendedor.

No existe nada más inquietante en el mundo que una persona adulta que huele a colonia genérica de niño, y todo esto me hizo recordar a cierto espécimen bien entrado en los cuarenta años que conocí hace algunos años, el cual olía exactamente así, y acostumbraba a justificarse ante mí, sin yo preguntarle previamente, comentando que esa colonia venía en botes muy grandes, muy baratos, y le duraba un montón. Ya en aquel entonces dudo que cientos de hembras cayeran como paracaídas sobre él al entrar en los bares, y apostaría mis tres primeros dedos del pie derecho a que su situación no ha cambiado.

Aunque este Robocop se puso a la venta originalmente en 1990 en algunas partes del mundo, coincidiendo más o menos con el estreno de la secuela en el cine, el copyright de 1995 que aparece en la etiqueta me hace pensar que, aquí en España, se aprovechó el escaso filón de aquella serie de televisión que se emitió en Telecinco y que nadie recuerda porque nadie la vio, ya que en 1995 todos teníamos mejores cosas que hacer, las cuales irónicamente tampoco recordamos. De cualquier forma, el Robocop colonia es una representación bastante fidedigna de la portada original de Robocop 2, la cual mostraba a Murphy quien, desorientado y angustiado por no encontrar la puerta, atravesaba directamente una pared sin inmutarse y con pose majestuosa. Como resultaba algo complicado realizar el efecto de la pared en un bote de colonia, los diseñadores de la colonia optaron por colocar unos cuantos ladrillos azules en la parte inferior, y una especie de masa blanca que no se sabe bien si se trata de polvo, o si realmente Robocop acaba de entrar en la fiesta de la espuma en una discoteca de Benidorm.

La etiqueta también nos da algunas informaciones relevantes. Por un lado, deja claro que la colonia no ha sido testada en animales, y sinceramente me provoca un profundo alivio saber que unos pobres hámsters no sufrieron desprendimiento de retina en sus ojos durante horas ni se les quemó el pelillo de la tripa al experimentar con esta colonia, solo para que fuera utilizada por niños y por algunos cuarentones sociópatas sin muchas aspiraciones sexuales en la vida.

Por otra parte, la legislación vigente en 1995 recomienda no ofrecer esta figura a niños menores de 36 meses para que jueguen y te dejen en paz un rato, ya que al parecer contiene partes pequeñas que podrían ser tragadas y provocar una hecatombe pediátrica. No sé, me imagino que esa recomendación hace referencia al tapón porque, aparte de eso, Robocop se divide en dos partes enormes que a mí, personalmente, no me entran en la boca ni colocándole los brazos en una posición más ergonómica. Me gustaría conocer a un niño de tres años capaz de tragarse una pieza de plástico de 23 centímetros, más que nada para sugerirle que, cuando crezca, tendrá un futuro asegurado en el circo, o en la industria del porno, según sus preferencias personales.

El Robocop colonia no es más que una adición completamente innecesaria a mi siempre creciente colección de estupideces también muy innecesarias, pero creo que también transmite un mensaje de esperanza. Si incluso en la feria de coleccionismo más minúscula del universo se puede encontrar, a modo de bote con monedas de oro al final del arcoíris, esta maravilla de Robocop que ya vive en paz y armonía con el resto de Robocops de mi casa, cualquier cosa puede suceder en cualquier evento que vaya a tener lugar en un futuro cercano de nuestras vidas, por inesperada que sea. Eso sí, no acudas con colonia genérica para niños. Eso ni siquiera un Robocop de plástico puede remediarlo. Cómprate una de Adolfo Domínguez, que no son muy caras y huelen bien.